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jueves, 27 de marzo de 2014

Capitulo 7-The collector



Capitulo 7
Arrancando Malezas

             
las 7:45 a.m., salgo del hotel Wink y me dirijo a casa de Lali. Después
de una noche de sueño y consumo frívolo, me siento como yo mismo otra 
vez. Como el loco Peter Lanzani, el mejor maldito coleccionista en el
planeta Tierra.
     
Voy a coleccionar el alma de Lali. No voy a sentirme mal por hacerlo. Es mi
trabajo. No es nada personal.
    
Esta mañana, estoy disfrutando de las ventajas de trabajar en el mundo terrenal.
Presiono mi pie en el acelerador y mi Escalade 4 roja manzana acaramelada gruñe. Mi
nueva niña tiene cuero negro, un potente equipo de sonido y llantas de gran tamaño.
Match.com5 no podría haber creado una pareja más feliz.
      
Fuera de la casa de Lali, toco bocina una vez y espero. Quiero ver su cara
cuando salga por la puerta. Le va a gustar este viaje tanto como a mí.

Sólo los amantes del rojo pueden apreciar realmente esta belleza.

      
Mientras estoy mirando la puerta, siento algo fuera de mi ventana. Echo un
vistazo a mi izquierda, pero no hay nada. Al menos eso es lo que dicen mis ojos. Pero
puedo sentir al coleccionista mirándome a través de su sombra. Observando y
esperando que meta la pata con esta asignación.
    
Un sonido de toqueteo a mi derecha envía un escalofrío por mi columna
vertebral. Lali está sonriendo a través de la ventanilla del copiloto. Su mochila
cuelga sobre sus hombros y está vestida con vaqueros oscuros y una camiseta teñida.
¿Hippie? ¿En serio?

Abre la puerta y su mirada lanza dardos alrededor, inspeccionando todo.

—Tienes que estar bromeando.

—Te lo digo, no lo estoy.
      
—¡Es tan impresionante! —dice a través de la mano sobre su boca—. ¿De dónde
la sacaste?
     
 —Es mía. Mamá dijo que la compraría para mí sí me mudaba a Alabama
pacíficamente. —Muevo mi mano por el interior—. Elegí la paz.
     
—Yo también me quedaría con la paz. —Se mete en el asiento del copiloto, y
lanza su bolso en la parte posterior—. Pongámosle un nombre.

—¿Un nombre a mi auto? No.
      
—¡Sí! Oh, déjame hacerlo a mí. ¿Qué hay de Elizabeth Taylor? Era llamativa y se
veía bien en rojo.

—¿Quieres llamar a mi auto Elizabeth Taylor?

—No quiero. Lo hice. Ya está hecho.

Tomo una larga respiración.

—¿Puedes decirme a dónde tiene que ir Liz?
      
Aplaude y me dice hacia dónde nos dirigimos. Coloco la dirección en el sistema
de navegación y veinticinco minutos más tarde estamos estacionados en un suburbio.
Estaba seguro que una ciudad con el nombre de Peachville no podía tener una parte
peligrosa, pero estaba equivocado.
       
Casas decrépitas se alinean en las calles, con apenas un pie de distancia entre
ellas. Cercas con cadenas encierran metros de tierra infestadas de maleza y barras de
hierro protegen las ventanas. Miro a Lali por el rabillo del ojo.

¿Tienes deseos de morir?
     
—Confía en mí, ¿de acuerdo? —Emite un sonido, aunque es demasiado pronto
para cantar.
    
Sale del auto y le hace señas a un autobús escolar amarillo aparcado cerca de una
acera desmoronada. La gente comienza a salir del autobús y se dirigen hacia ella.
Llevan cubos de pintura, macetas, césped, y un montón de herramientas que usan los
asesinos.
     
 —Lali, ¿puedes por favor darme una pista? —pregunto, saliendo y estirando
las piernas.
     
Abre la puerta de atrás, agarra su mochila y saca dos camisetas de manga larga.
Atrapo la que vuela hacia mí y leo el brillante y odioso logotipo: “Manos que dan una
Mano”.
      
—¿Qué quiere decir esto? —pregunto. Y enseguida caigo—. Oh, no. Uh, uh. No,
no hago trabajos manuales. Y de seguro no lo hago un sábado a las ocho de la mañana
sin un café.
     
—Manos que dan una mano es una organización benéfica —dice—. Hago esto
todos los sábados por la mañana. Es muy divertido. Ya lo verás.

No va a ser divertido. Y no voy a ver.
      
Noto a Gaston  y a Candela caminando hacia nosotros con palas. Los ojos de Gaston
se entrecierran cuando me ve. Candela le aprieta el brazo como para calmarlo y me
dice:

—Ella también te tiene, ¿eh?
     
—Al parecer. —Tomo la pala de Candela y me giro hacia Lali —. Entonces,
¿qué estamos haciendo, y por cuánto tiempo?
     
Saca las manos por la camiseta de manga larga de “Manos que dan una Mano”
que se ha puesto encima de su vergonzosa camiseta teñida.
     
—Algunas personas en esta calle quieren mejorar la apariencia de sus hogares. Y
estamos aquí para ayudarlas a hacerlo. —Apunta hacia una casa minúscula con
pintura azul descascarada—. Para esa, nos hemos puesto de acuerdo en quitar la
pintura del patio delantero y pintarlo. —Asiente con la cabeza hacia una casa justo a
nuestro lado—. Esta requiere trabajo en el jardín: retirar las malas hierbas, plantar
flores, ese tipo de cosas. Hay cinco casas en total y trabajaremos en equipos para que
todo quede hecho. Estarás conmigo, Cande y Gas. Arreglaremos esta casa.
      
Lali cojea hacia la casa con el jardín difunto. Me paso las manos por el cabello
y siento la necesidad de arrancar un puñado. Me pongo la camiseta que anuncia que
soy un tonto y voy detrás de ella, arrastrando la pala por el pavimento.
    
 Mientras los Tres Chiflados actúan como tontos, yo trabajo en silencio. No estoy
seguro cómo esto les resulta divertido, y no estoy seguro de cómo permití que esto
sucediera. Lali y yo deberíamos estar haciendo cosas terribles, selladoras de almas.

En cambio, de alguna manera me involucró en el voluntariado. La palabra tiene un
sabor amargo, y mataría por una cerveza para bajarlo. Sin embargo, por mucho que
desprecio esto, hay una parte de mí que admira la repentina actitud de Lali de
hacerse cargo. Si pudiera aprender a utilizar esa misma confianza en la escuela, podría
no ser una marginada.

Por otra parte, su confianza me hace hacer algo que no quiero hacer.

Atoro la pala en la tierra y limpio el sudor de mi frente.
     
—¿Por qué hacen esto, chicos? —Dejan de hacer lo que están haciendo y me
miran, pero nadie dice nada—. Cualquier respuesta es aceptada.
     
Lali da unos pasos hacia mí. Sabe que no estoy feliz. ¿Y por qué habría de
estarlo? Me engañó haciéndome desperdiciar mi mañana de sábado para ayudar a
personas demasiado perezosas para ayudarse a sí mismas.
     
—Peter… —Mira por encima de su hombro a Gaston y Candela. La pareja
pretende inspeccionar un montículo de hormigas-de-fuego, pero sé que están
escuchando—. Nos gusta hacer esto. Estas personas necesitan nuestra ayuda. Y eso me
hace sentir bien. ¿No te hace sentir bien a ti?
     
—No, no —le respondo con sinceridad. Señalo con mi pulgar hacia la casa—.
¿Por qué la persona que vive en esta casa no mueve su trasero y hace esto por sí
mismo?

Sus cejas se elevan frunciéndose.
     
—Porque la persona que vive en esa casa tiene ochenta y ocho años y está
postrada en una silla de ruedas.

Genial. Ahora soy el bastardo. Tengo que tener más cuidado si voy a querer traer
a esta chica a la fiesta de esta noche. Le daré el día, pero esta noche... esta noche me
toca a mí.

Relajo los músculos de mi rostro y pecho.
      
—Supongo que esto es bueno. Ayudar a personas que no pueden hacer las cosas
por sí mismos.
     
—Pero ellos hacen cosas por sí mismos. ¡Lo hacen! —Su boca se eleva en una
sonrisa—. Mira, nosotros nos llamamos Manos que dan una Mano porque la gente a la
que ayudamos acepta ayudar a otros. Por ejemplo, la señora a la que ayudamos hoy
acordó trabajar como voluntaria en la línea de suicidio desde su casa. Se convierte en
un gran sistema de gente ayudándose entre sí.

Algo se revuelve en mi estómago.

—Lali, ¿quién inició esta organización?

Arrastra los pies y sacude la suciedad de sus manos.

—Uh, todos lo hicimos.
     
—Lo que sea, Lali , tú la comenzaste —grita Candela y luego vuelve a
pretender estar inspeccionando las hormigas.
     
—¿Es cierto? —pregunto. Esto no es bueno. En lo profundo de mi mente, me
pregunto si esta es la razón por la que el Jefe la quiere. Pero es una pequeña
operación. Esto no haría una pérdida en sus números.
     
—Supongo. —Empuja sus gafas por encima de su nariz y tira de su ondulado
pelo Castaño recogiéndolo en una coleta. Está inquieta y no estoy seguro por qué—.
Nosotros comenzamos este… eh, empecé esto porque había tanta gente por allí siendo
ayudada que quería devolver el favor.
     
Ella y yo tenemos visiones del mundo muy diferentes. Creo que la mayoría de las
personas que reciben ayuda no tienen ningún deseo de hacer algo por alguien más.
Retuerce sus manos, y sé que hay algo más que no está diciendo.

—¿Cómo empezó? —pregunto.

Sus ojos encuentran los míos y sé que esta era la pregunta que no quería
responder.
      
—Todo comenzó con un hogar de acogida, un lugar para los niños menores bajo
la tutela del estado. —Mira a Gaston y Candela, luego a mí—. Yo estaba, eh... fui uno de
esos niños. Mis padres murieron en un incendio cuando tenía doce. —Hace una pausa,
pero me quedo tranquilo y la dejo terminar—. Fui la única que logró salir de la casa.
Dado que no tengo ningún pariente vivo, fui a vivir a la casa hogar. —Señala su cadera
y trata de sonreír—. Mi manera de caminar es un recuerdo de lo que pasó esa noche.

—Así que, ¿tu abuela...? —le pregunto amablemente.
     
—No es mi abuela. Ella me adoptó hace tres años. Una vez le dije que era como la
abuela que nunca conocí. Le encantó tanto que simplemente comencé a llamarla así.

Creo que ayuda a evitar las preguntas de la gente que conocemos

—¿Entonces esta organización que comenzaste, te ayuda?
     
 —Sí, creo que sí. Cuando estaba en el hogar, había tantas personas maravillosas
que me ayudaron a recuperar. La mayoría de ellos eran voluntarios. Eso me hizo
sentir agradecida, pero también en deuda. Pregunté y un montón de otros chicos
pensaban lo mismo, por lo que decidimos hacer algo por los demás.
      
—Empezamos a ocupar nuestras horas libres haciendo cosas para gente que
vivía cerca. Lo único que pedíamos era que las personas que recibieran ayuda
acordaran ayudar a alguien más. —Señaló con las manos hacia los voluntarios de
hoy—. Y ahora, tres años después, más de dos mil personas han recibido ayuda o
ayudaron a alguien más.
      
¿Dos mil? ¿Dos mil? ¿Y si sigue haciendo esto? Nunca acumulará suficientes
sellos para ser coleccionada. Es más, cada segundo que estas personas gastan
ayudando a alguien, están descuidando el importante asunto de coleccionar nuevos
sellos por sí mismos.
      
Aun así, me siento aliviado. Por un momento, pensé que esta podría ser la razón
por la que el Jefe quiere a Lali. Y mientras que dos mil es un montón de gente
brillante y feliz, no es suficiente para causar graves daños. Lo que me lleva de nuevo a
mi pregunta original: ¿Por qué ella?

Lali toma una caja de tulipanes amarillos y pega la lengua a su mejilla.

—¿Estás bien con todas estas revelaciones?

—Me alegro que me lo dijeras. —Aprieto su mano y luego recojo mi pala y la sigo
de vuelta al jardín que hemos creado.
     
Durante las siguientes dos horas, no me quejo cuando baja la temperatura. O
cuando Gaston murmura. O cuando Candela habla de películas viejas en blanco y
negro. Lo único que puedo hacer es retirar la maleza. Son interminables, y por eso,
estoy agradecido. Porque mantiene fuera de mi mente la imagen de Lali saliendo
de su casa en llamas mientras sus padres están en el interior… muriendo.
      
Me pregunto si lloró cuando todo sucedió. Si gritó tan fuerte que sonaba como
alguien completamente diferente. Envuelvo mi mano alrededor de una maleza y la
arranco del suelo. Luego lo hago otra vez. Y otra vez. A esto lo puedo controlar. Pero a
los pensamientos que laten en mi cabeza, no.

Porque parecen demasiado familiares.

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Aloooo!!!! Chicas aca les dejo el capitulo 7 lamento no subir ayer pero tenias UNAS TAREONASS!!! Me gaste toda la noche y la mañana... Y hay 104 visitas en el blog me siento algo alegre por eso y vamos por mas!!

Tenga un lindo dia mañana.

Besos.
Andrea


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