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Agarro el brazo de Lali y tiro de ella hacia arriba.
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—¿Qué diablos crees que estás haciendo?
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Sus ojos Cohcolates se abren, como si estuviera sorprendida de
que todavía estoy
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—Peter—dice ella.
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Es todo lo que
puede decir, porque antes de que pueda añadir nada más, estoy
recogiéndola en mis brazos y llevo su culo fuera del granero.
Da gritos y patadas y se
queja como pensé que lo haría. Detrás de mí, espero el golpe
de Gaston. Pero nunca llega,
ya sea porque Candela le está diciendo que se quede quieto
o no sabe cómo
reaccionar, no estoy seguro. Y no me importa.
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Llevo Lali al
bosque, lejos de la granja y la ruta de acceso y las personas que
puedan interrumpir. Asegurándome de que estamos solos, la
dejo en el suelo.
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Una vez que sus pies tocan el suelo, deja de gritar y se
aleja unos pasos de mí.
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—Tú no tienes derecho —dice ella, y puedo decir que lo dice
de verdad.
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—Con un demonio que no —replico.
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Se da vuelta y da pasos hacia mí.
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—¿Qué acabas de decir?
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Pienso en ello,
porque a pesar de lo que dije hace dos segundos, no puedo
recordar.
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—¿Quién te crees
que eres? —los labios de Lali florecen, y su cabeza cae al
lado como si me inspeccionara, como si fuera una exposición
en algún polvoriento
museo—. Tú querías que yo firmara el contrato. Lo hice. Querías
convencerme de que
no era hermosa. Funcionó. Entonces... entonces fingiste que
te importaba. Y lo compré.
—Se cubre la boca como si quisiera detener lo que viene.
Sus palabras se deslizan,
tranquilas y apagadas, pero cortan a través de mí como cuchillas—.
Todo lo que hice,
lo hice por ti.
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Me concentro
en la respiración. Dentro. Fuera. Dentro. Fuera. Parece que es lo
único que puedo hacer, porque mi cuerpo está tratando de
asimilar lo que acababa de
decir. Esto es mi culpa, y ella lo sabe. Estaba seguro de
que lo sabía, pero oírselo decir,
escucharlo. Mata.
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Le doy la espalda
y me alejo unos pasos. Hay cosas que necesito decir, y no
puedo ver su cara cuando lo diga.
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—Lali, sé que estás enojada conmigo.
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Hago una pausa, esperando que me diga cuan enojada está.
No lo hace.
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—Pero necesitas
saber la verdad. No era mi intención que esto sucediera. —Me
paro, teniendo en cuenta lo que acabo de decir—. En realidad,
supongo que fue mi
intención que esto pasara. Al principio. Pero entonces pude
conocerte, Lali. Pude
ver cómo eres y las cosas que haces por los demás. La forma
en que sonríes cuando no
hay nada por lo que sonreír, y la forma en que ríes... me
duele incluso oírla. Porque me
recuerda lo que es vivir. Ser feliz. —Tomo una profunda respiración—.
Eres hermosa,
Lali. Eres tan hermosa, que no puedo creer que dejara
pensarte que no lo eres.
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Me doy la vuelta,
pero mis ojos se centran en el suelo. No puedo ver su cara. Me
va a acabar. Pero mis ojos son engañosos, y antes de que
pueda arrancarlos de mi cara
se deslizan hacia arriba y aterrizan en ella. En Lali.
Y ella está llorando. Las
lágrimas rodando por sus mejillas, deslizándose en una ancha
sonrisa feliz.
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—Estás sonriendo —le digo.
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Ella asiente con la cabeza, su sonrisa se extiende más allá.
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La forma en que
me mira, como si en realidad nunca hubiera dejado de creer en
mí, se me rompe el corazón, revela algo que enterré hace
mucho tiempo. Y de repente
es demasiado. No puedo soportarlo más, no se puede negar
lo que siento. Mi
respiración se para, y antes de que pueda detenerme, las
palabras salen fuera.
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—Te quiero, Lali—le digo—. Joder, te quiero tanto.
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Un suspiro escapa
de su garganta mientras corro hacia ella. La aprieto contra mí
y estampo mi boca sobre la de ella. Lo siento todo, su pelo
entre mis dedos, su piel
presionando contra la mía. Y sus labios. Siento esos suaves
labios color rosa
congelarse por un momento bajo mi beso. Y luego se relaja,
abre la boca y sigue mis
movimientos. Se inclina hacia mí, entrelazando sus brazos
alrededor de mi cuello,
tirando de mí por lo que no hay nada entre nosotros.
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Agarro sus muslos y la levantó, y ella envuelve sus piernas
alrededor de mí.
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Buscando a tientas
hacia un árbol, la presiono contra él y empujo hacia ella, mis
caderas bloqueadas contra las suyas. Un gemido animal se
escapa de mi garganta y el
beso se convierte en más rudo, más profundo. Bajo mis labios
por su cuello, a lo largo
de su clavícula y Lali gime suavemente. Entonces entierro
mi cabeza contra su
pecho. Su olor, su pecho subiendo y bajando. El salvaje golpeteo
de su corazón.
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Poco a poco,
la bajo, sacando sus piernas de mi cintura y la dejo de nuevo en el
suelo. Pongo su cabeza contra mí y la mantengo ahí, sin querer
dejarla ir. Ni por nada
ni nadie. Mis brazos tiran de ella cada vez más cerca hasta
que me temo que pueda
aplastarla. Pero no puedo aflojar. Temo que si lo hago, va
a darse cuenta de que no soy
digno de ella. Tengo miedo de oírle decir que no se siente
de la misma manera. Que
cree que soy genial, pero está tostada y que no deberíamos
mencionar esto mañana.
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A pesar de que
la mantengo en un abrazo de la muerte, se las arregla para tirar
de su cabeza atrás y mirar hacia mí. Sus labios rosados están
brillantes e hinchados, y
no puedo evitar frotar mi pulgar por encima de sus labios.
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Ella besa la
punta de mi dedo, y aprieto los ojos, cerrándolos lo más fuerte que
puedo. Así que no veo cuando ella abre los labios. No veo
cuando mantiene un suspiro,
traga y me susurra:
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—Te quiero Peter. Te he querido desde el principio.
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Pero se lo oigo decir,
y eso es todo lo que necesito para desmoronarme. Casi
ahogándome en mis palabras, me las arreglo para preguntar:
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—¿Por qué?
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Abro los ojos
y encuentro Lali sonriendo. Pasa la mano por encima de mi
mejilla, luego se inclina hacia atrás contra mi pecho.
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—Porque te veo. Aunque intentas tan duro ocultarte, te veo
de todos modos.
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Lo que dice se
siente tan bien que cuando el aliento sale corriendo, es una
mezcla de risa. Hace dos días, no podía imaginarme arriesgando
mi vida por la de ella.
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Y ahora no lo
haría de ninguna otra manera. Voy a proteger a esta chica con todo
lo que tengo, porque si algo le pasa a ella, me perderé.
Voy a dejar de existir. Y tomaré
a todos conmigo.
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Con un esfuerzo
inconmensurable, me alejo de ella y tomo su rostro entre mis
manos.
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—Lali, tengo que decirte algo.
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Sus ojos miran
hacia mí, y ella sonríe más amplio, suponiendo que tengo más
cosas buenas que decirle. Cosas que nos acerquen más. Imagino
la forma en que su
cara cambiará cuando le diga todo, y el peso de eso me arrastra
hacia abajo. Tengo que
protegerla. Tengo que decirle la verdad sobre mí y el contrato.
Pero no puedo
perderla. No después de lo que acaba de pasar entre nosotros.
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—Quiero que dejes
de pedir belleza. Me encanta la forma en como luces, ¿de
acuerdo?
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Aprieto suavemente su cara entre mis manos.
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—¿Puedes prometerme que no pedirás nada más? Es importante
para mí.
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Los ojos de Lali caen a mi pecho. Tengo la sensación de que al instante, hay
algo que no me está admitiendo.
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—-¿Qué es? —le pregunto—. ¿Qué pasa?
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—-Intentaré no hacerlo —dice ella—. Realmente lo haré.
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—¿Qué quieres decir con intentaré no hacerlo? ¿No me lo prometes?
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Saca la cara de mis manos y da pasos de distancia.
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—Es cada vez
más difícil… no pedir cosas. Es como si cuanto más tiempo estoy
sin pedir algo, más ansiosa me vuelvo. Todo comenzó después
de la primera vez, pero
pensé que era simplemente la emoción de añadir cosas nuevas.
—Hace una pausa,
envolviendo los brazos a su alrededor—. Pero al volver de
regreso de Las Vegas
después de que, ya sabes, cambiara mi piel... me sentía físicamente
enferma. Como si
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mi cuerpo estuviera gritando para que pida otra cosa, algo
nuevo. Me asustó, así que
esperé tanto tiempo como pude. Decidí que debía tomar un
descanso para tener algo
de perspectiva.
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Lali se da
vuelta y se enfrenta a mí, y me parece que no puedo moverme. No
quiero oír lo que está diciendo, pero abre la boca y continúa
de todos modos.
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—Pero cuanto más
me resistía, más enferma me sentía. Cuando viniste anoche,
se sentía peor. Estaba temblando y sudando. Sabía lo que
era, y en el medio de la
noche, no pude soportarlo más. Así que le pedí algo. Algo
pequeño. Sólo un poco de
deseo de mejorar mi sonrisa. Al segundo que hice la solicitud,
es como si la
enfermedad hubiese sido aspirada de mi cuerpo. Simplemente…
se fue. —Había miedo
detrás de sus ojos.
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—¿Por qué está pasando esto, Peter? Pensé que podía ir a
mi propio ritmo.
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Lucho para controlar
mi ira, ira contra El Jefe por poner un objetivo en ella, y el
enojo conmigo mismo por seguir las órdenes. Tomo las manos
de Lali.
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—Porque ellos
saben que tan perfecta es tu alma, y la quieren. Pero escúchame,
tienes que luchar contra ello. Tienes que luchar durante
tanto tiempo como te sea
posible ¿entiendes? ¿Te sientes bien ahora?
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Ella asiente con la cabeza, pero todavía se ve aterrorizada.
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—Bueno. Si se
vuelve más, la enfermedad, llámame y estaré allí. Vamos a lograr
pasarla.
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Lali aprieta los labios como si estuviera pensando en
algo.
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—¿Está bien?,
sin embargo, ¿no? Quiero decir, mi alma irá al cielo. —Niega con la
cabeza como si estuviera diciendo algo tonto—. Estoy siendo
estúpida por nada.
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—No estás siendo
estúpida. La verdad es que... —la agarro por los hombros y
trago saliva—. La verdad es que tu alma puede estar en peligro.
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—¿Peligro? —sus
ojos se abren, y hasta eso me rompe. No quiero que ella tenga
miedo, pero tiene que saber.
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—Lali. Hay
Coleccionistas para el cielo, como te dije —hasta ahora, no estoy
mintiendo. Sólo tengo que salir de esto. Acabemos de una
vez— pero hay otros
coleccionistas, también. Diferentes.
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—¿Cómo de diferentes? —pregunta ella, su voz apenas un susurro.
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—Ellos, ellos no trabajan para... —señalo hacia arriba.
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—Oh, Dios mío
—dice Lali, alejándose de mí—. ¿Hay coleccionistas del
infierno, también?
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Asiento con la cabeza, porque no puedo conseguir decir nada.
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Se cubre la boca,
y las lágrimas vienen a sus ojos. Cuando habla otra vez, apenas
puedo oírla. Ella empieza a llorar, porque ya sabe. Ella
sabe que algo se siente mal, y
aquí está la explicación.
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— ¿Quieren mi alma también?
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Una vez más, yo asiento.
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—Pero he firmado
el contrato —exclama, dejando caer la mano de su boca—.
Todo está bien. Voy a cumplir con el contrato, y entonces
no pueden conseguirla
¿Cierto? ¿Verdad Peter?
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Lali da pasos
hacia mí, pone sus manos en mi pecho, me ruega que le diga que
ella tiene razón. El hecho de que no pueden tomar su alma.
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Me doy cuenta
entonces de que no soy lo suficientemente fuerte como para
decírselo. He pasado diecinueve años siendo egoísta, tomando
lo que quisiera sin
duda. Y no hay nada, nada, que quiera más que a Lali. No puedo
decírselo. No
puedo saber que el miedo de su rostro será por mi culpa.
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—El documento
que firmaste —le digo en voz baja—. Es un contrato general. No
sabía que iba a trabajar así.
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Es la verdad.
Me imagino que si el Gran Hombre tuviera un contrato, sería la
misma verborrea. Lo único que importa es por quien se presenta.
Para qué lado
trabaja. Y es cierto que yo no sabía que iba a trabajar de
esta manera. Yo nunca podría
haber predicho que me enamoraría de mi asignación.
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Estoy a punto
de tratar de explicar por qué no podemos tener la certeza de su
alma irá al cielo sin exponerme, cuando lo percibo.
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Un Coleccionista.
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Él está aquí.


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