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domingo, 6 de abril de 2014

Capitulo 16 -The collector




Capitulo 16
Lali Enojada

El lunes por la mañana, busco por todas partes a Lali. Ayer fui a su casa,
pero su abuela dijo que no estaba.

Si claro.
     
La encuentro durante el primer período de biología. Me ve observándola, sé que
lo hace, pero no me reconoce.
      
—Hola, Lali, ¿me vas a ignorar por siempre? —le pregunto desde el escritorio
al lado del suyo.
      
Ella observa hacia la pizarra como si yo no existiera. Es algo que nunca pensé
que iba a experimentar, ser irrespetado por una chica como Lali.

—Sé que me escuchas. ¿Vas a dejar que te hable?

Nada.
     
—Mira... —Echo un vistazo alrededor para ver si alguien está escuchando y bajo
la voz—. Sabes que no quise decir nada con eso. Creo que eres genial —No puedo
lograr decir lo bella que es. No lo es—. Vamos, salgamos de esta clase. Te llevaré…

—Peter, ¿tienes algo que te gustaría compartir con la clase?


Le frunzo el ceño al señor Gordon. Él tiene una ceja levantada como si eso me
afectara. Yo sacudo la cabeza y muevo la muñeca, haciéndole señas de que siga
adelante.
     
—Me alegro de tener tu permiso —El señor Gordon levanta el brazo hacia la
pizarra y, por los próximos sesenta minutos, alterno entre ver a Lali ignorándome
y admirar las manchas amarillas de sudor del señor Gordon.
      
Cuando suena la campana, trato de jugar a ser frio, como si hubiera perdido todo
interés en ella. Conozco el juego, cuando las chicas se molestan, tienes que dejarlas
que vengan a ti. Es por eso que la gente compara a las chicas con los felinos.
      
Excepto que mi estrategia falla. Lali agarra su mochila de color verde lima y
sale tormentosamente de la sala antes de que tenga la oportunidad de demostrarle lo
mucho que no me importa. En cambio, me encuentro corriendo para mantenerle el
paso.

—Lali, espera.
      
Ella sigue caminando, impulsando sus pequeñas piernecitas para pasarme. ¿En
serio? Tengo, como, medio metro más que esta chica.

La tomo por el brazo y tiro de ella hacia mí.

—¿Podrías parar? Actúas como una de esas chicas.

—¿Te refieres a una así?
     
Señala hacia a una chica con el pelo largo, brillante e incluso, sus piernas lo son
aún más. ¡Condenadamente caliente!
      
—¿Una chica hermosa? —Presiona Lali. Da un paso hacia mí. Sé que está
tratando de intimidarme, pero es demasiado pequeña para llevarlo a cabo. Conejo
tonto.
     
—Sí, exactamente —le digo—. Estás actuando como una de esas chicas de poca
profundidad.
       
—¿Por qué? ¿Porque me importa cómo me veo? Ya sabes, me doy cuenta de que
no soy bonita. Pero eso no significa que quiero que me lo señales —Lali mira hacia
lo lejos, apretando los dientes—. Supongo que esperaba que tal vez tú pensaras... no lo
sé...


Ella deja de hablar, así que abro mi boca para entrometerme. Tengo que
convencerla de que firme el maldito contrato. Pero también necesito que deje de
mirarme así… como si de algún modo la lastimara profundamente. Antes de que pueda
decir nada, la campana grita chilla encima de nosotros.

—Tengo que ir a clase —dice suspirando.

Le suelto el brazo.

—Yo voy al mismo sitio ¿recuerdas?
      
Ella no sale corriendo, lo cual es un pequeño milagro. Caminamos juntos hasta la
clase de Historia de Alabama, y no se queja cuando me siento a su lado. La clase se
siente aún más larga que la primera y prometo no volver a entrar a la secundaria
cuando mis diez días se acaben. Cuando finalmente suena la campana, me levanto para
acompañar a Lali a almorzar. Ella atrapa mi mirada, luego se dirige hacia fuera
antes de que pueda detenerla.

Tonto. Pensé que habíamos superado esto.
       
En la cafetería, Lali se sienta en su mesa habitual. Gaston y Cande ya están
allí, y la mandíbula de Gaston se tensa mientras me acerco.

—Lali, ¿podemos hablar? —le digo.

Candela deja de sacar uvas de su bolsa de papel marrón y sus ojos se amplían.

—¿Qué está pasando? —pregunta.

—Nada —le respondo.

Candela y Gaston se giran hacia Lali.

—No es nada —confirma.
     
Paso una mano por mi cabello y decido que necesito una ofrenda de paz. Pero la
única cosa que tiene esta mierda de cafetería es imitación de comida.
    
Pero hay una máquina expendedora, y sé que hay una cosa que la señorita
Lali ama.
      
Agarro mi billetera del bolsillo de atrás y me dirijo hacia la máquina. De pie
frente a la enorme caja de cristal, saco el dinero suficiente para comprar hasta la
última bolsa de Skittles. Entonces hago esta cosa divertida en el que introduzco el


dinero y la máquina lo escupe de vuelta. Dólar que vuelve a entrar. Dólar que vuelve a
salir. ¡Maldita sea! ¡¿Quieres mi estúpido dinero o no?!
     
Después de quince años y medio, dreno la máquina de Skittles y camino hacia la
mesa de la cafetería con mi botín. Me siento muy orgulloso de mí mismo hasta que me
doy cuenta de que Lali no está allí.
     
—¿A dónde se fue? —pregunto, mis bolsillos y manos están llenas de bolsas de
color rojo brillante.

—¿A dónde se fue quién? —murmura Gaston.
    
—Ella se fue con Maria—dijo Cande. Señala hacia uno de los pasillos, y
empiezo a ir en esa dirección. Pero Cande me detiene—. Espera. Peter.

Me doy la vuelta y una de las bolsas brinca sobre las baldosas del suelo.
     
—No vayas tras ella. Obviamente está molesta por algo —Candela hace una
pausa, esperando que llene el silencio contándole lo que pasó. Cuando yo no digo
nada, pregunta—. ¿Pasó algo en la fiesta?

—¿No han hablado con ella desde el sábado en la noche? —pregunto de nuevo.

Ella explota una uva en su boca y sacude la cabeza.

—Sí, —le digo— algo pasó.
    
Aún cargado de dulces, me dejo caer en una silla. Cande lanza una donut
cubierta de azúcar pulverizada a Gaston, y esta vez, él se las arregla para atraparla.
     
—Almuerzo de campeones, ¿eh? —le digo, tratando de entablar conversación
con Gaston. Sin duda, es mejor que el concurso de miradas que estamos teniendo.
     
Se limpia el azúcar de la comisura de la boca y se toma su estúpido tiempo para
responder.

—Algo por el estilo.

—Sabes —comienza Cande—. Realmente le agradas a Lali.
     
—¿Sí? —le digo. Ellos son sus amigos. Tengo que pretender que me importa lo
que dicen.


 —Ummm, hummm. Por otra parte, ella se preocupa por casi todo el mundo.

Incluso personas que no se lo merecen.

La estudio de cerca, pero no parece que lo dijera en serio.
      
—Pero —continúa—, realmente te has metido bajo su piel. Y sólo has estado
aquí, como tres días —Cande le da la vuelta a una caja de leche, pero mantiene sus
ojos en mí. Luego aplasta la caja vacía en la mano—. ¿De dónde es que dices que
vienes?
      
Espera. ¿Está tratando de intimidarme? Porque si lo está... tal vez sí lo dice en
serio. Perra, ten miedo.

—No lo he dicho —le respondo.

—Phoenix, ¿verdad?

—Seguro.
     
Gaston toma la delantera a partir de Cande y pone los ojos sobre mí, mientras
mastica lentamente su donut.
     
—¿Por qué Lali se fue con Maria? —le pregunto, ignorando la apestosa
mirada de Gaston.

Los músculos de la cara de Candela se relajan.
     
—No lo sé. Maria dijo que quería disculparse. Por eso me estaba preguntando
acerca de la fiesta.
    
No puedo creer que Maria se disculpara. A menos que se beneficiara de alguna
manera.
     
Gaston trae a colación los Knicks12, él y Candela  discuten los fundamentos del
baloncesto run-and-gun13.

—¿Ustedes alguna vez juegan? —interrumpo, aliviado por el cambio de tema.

—¿Jugar? —pregunta Cande, sus oscuras cejas se elevan.

—Sí. Jugar. Como en… ¿Juegan baloncesto?

    
—¡Diablos, sí, jugamos! —dice Cande en el momento exacto en el que Gaston
sacude la cabeza.

—Bueno, ¿cuál es la respuesta? —pregunto—. ¿Juegan o no?

Cande enrolla su bolsa del almuerzo y se la lanza a Gaston.

—Sí, jugamos. Solo que él no te quiere allí.
    
—¿Dónde juegan? —Mis piernas tiemblan sólo de pensar en subir a la cancha. O
campo. O pista. Cualquier cosa en la que pueda competir.
      
—En el Rec. Queda en el lado norte de Peachville —Candela le roba una
mirada a Gaston, que se queda mudo. Él no es un hombre de muchas palabras. Pero si lo
fuera, podría imaginarme exactamente qué diría ahora mismo.
    
Me muerdo el interior de la mejilla. No tengo ni idea de por qué, pero mi
estómago se retuerce.

—Voy a jugar con ustedes —Ya está. Lo dije. No es gran cosa.
     
—No —dice Gaston. ¿Ahora es cuando abre la boca? Al parecer, aproximarme a
Lali es malo, pero robarle el juego es intolerable.

—No, ¿eh? —le digo.

—No.

Gaston se levanta para irse, pero lo detengo con la mano.
      
—No te molestes. Yo me iré. —No quiero sentarme aquí por más tiempo. Tengo
la confianza de una ballena asesina, pero ser derrotado por estos perdedores apesta.
Intimidación-Cande me llama.

—Ah, vamos Peter. Puedes jugar —Pero el daño ya está hecho.
     
Así que saco todo mi herido trasero y miro hacia afuera. Elizabeth Taylor me da
una gran sonrisa cromada. Me pongo la capucha y salto dentro.

— Vamos a conseguir algunos cigarrillos, nena.
     
Revivo su motor y conduzco hasta la estación de servicio más cercana. Tengo
unos cuantos minutos antes del final del almuerzo y sé cómo me gustaría pasarlos.


El hombre detrás del mostrador me entrega un paquete de Marlboro Rojo y un
encendedor de plástico negro. En el segundo que salgo, me voy por el costado y
enciendo el cigarrillo. Inhalo y exhalo dos grandes caladas que se sienten maravillosas.
    
Dejé de fumar después de mi muerte, lo cual es bastante irónico. No es como que
me importara mantener mi cadáver saludable, pero se sentía como un buen momento
para parar. Principalmente es el olor lo que me mata. Pero en este momento, no hay
mejor aroma en la tierra.
      
Más allá de mí, percibo esa molesta sensación de que estoy siendo observado. Y
se está volviendo infernalmente fastidioso.
      
—¿Quieres? —pregunto al aire invisible a mi derecha. Sosteniendo el paquete de
cigarrillos, me pregunto si el coleccionista finalmente se mostrará. Cuento tres latidos,
luego bajo mi brazo y apago el cigarrillo—. Cobarde de mierda.
     
Girando para irme, siento que algo me golpea la espalda. Me tropiezo un par de
pasos y giro alrededor. ¿Alguien acaba de empujarme?
     
Mis ojos escudriñan alrededor, revisando el área. No descubro a nadie, pero no
importa. Sé quién es. El coleccionista, no sé si, por accidente tropezó conmigo o solo
me dio un golpe bajo. La sangre late en mis cienes, , y fantaseo con romperle la
quijada, pero no puedo hacerle nada si no se muestra. Hoy es lunes. Dentro de seis
días termino esta asignación.

Luego El Jefe y yo vamos a limpiar la casa.

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Cuando regreso a la escuela, tengo que correr para llegar a tiempo a clase. No me
siento con ganas como para lidiar con profesores sudorosos y enojados esta tarde, así
que hago el esfuerzo. En el segundo en que entro al salón, me doy cuenta de que
Lali no está allí. No puede ser cierto. Esa chica jamás se pierde una clase a menos
de que alguien esté amenazando su vida.
      
Me detengo en la entrada del salón sin moverme, y me doy cuenta de que toda la
clase me está viendo no hacer nada. Alguien aclara su garganta, por lo que tomo la
indirecta para dejar de parecer un idiota. Al menos, ahora puedo sentarme en la parte
trasera como una persona socialmente capaz. Lali es una chica de primera fila.


Mi profesora de matemáticas es una chica, así que echó un vistazo a su
cremallera por un tiempo, luego me recuesto en mi escritorio para tomar una siesta.
Quizás cuando me levante, la clase habrá terminado y podré buscar mi asignación.

Pero justo cuando estoy despegándome de la voz de la profesora hablando una cosa u
otra acerca de los algoritmos, escucho la voz de Lali.
     
Me siento derecho y veo que viene de un televisor. Espera, ¿qué? ¿Por que Lali está en 
ese televisor ridículamente anticuado? Mi mandíbula se afloja mientras
la Señora Profesora apaga las luces, y me doy cuenta de que Lali está
transmitiendo desde la sala de periodismo.
     
No. No. Esto no puede ser bueno. Maria nunca renunciaría a ser centro de
atención, a menos que...

Oh, mierda.

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