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Durante
el viaje en avión a Chicago, no puedo dejar de pensar en la manera en que
Lali me miró en el aeropuerto. Ella debe pensar que la estoy evitando
después del incidente
del beso despreciado. Pero nada podía estar más lejos de la verdad. Ya odiaba estar lejos
de ella.
De alguna manera, en alguna parte del camino, cambié.
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El mundo siempre
ha sido mío para llevar. Nada importaba más que yo y mis
deseos. Mi padre nunca había tenido suficiente tiempo para
mí, y mi mamá nunca se
molestó. Pensé que esto me daba la perfecta excusa para hacer
lo que fuera que
quisiera. Y cuando morí, tuve una elección: estar atrapado
en el infierno 24/7, o
convertirme en un Coleccionista y arrastrar a otros conmigo.
Elegí ese último, porque
eso es lo que hago. Me elegí a mí. Elegí el alivio del pecado
por sobre la adversidad.
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Pero ahora está
Lali. Luego de que sus padres murieron y ella fue arrojada a
hogares de acogida, tenía toda razón para convertirse en
maliciosa y pecadora… justo
como yo. Pero en su lugar, se volvió una catástrofe benevolente.
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Lali me da
algo que aspirar, y ella ve algo en mí que yo nunca he hecho. Y por
primera vez en mi vida, me pregunto si puedo ser esa persona,
la que se preocupa
acerca de la gente que no son ellos mismos, la que elige
el camino correcto y
honorable.
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Eugenia tiene razón.
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Tengo una elección que hacer.
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Volando sobre
el Lago Michigan, miro hacia abajo. Los edificios de Chicago se
elevan desde la tierra como grises y serrados dientes. Entre
esos dientes, metida en un
edificio de arenisca, está mi madre. Ella es la razón por
este viaje, la única manera que
puedo elegir y tener certeza de la decisión que haré. Aún
si estoy pensando en ir en
contra de las órdenes de El Jefe, tengo que saber lo que
arriesgo.
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Necesito ver exactamente
qué estoy dejando. Mientras el avión aterriza en el
Aeropuerto O’Hare, mis manos encuentran mis rodillas y aprieto.
La mujer a mi lado
me mira.
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—¿Estás bien, niño? —pregunta ella.
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La parte de niño me sobresalta.
No he sido el niño de nadie en dos años. Pero
mientras miro hacia afuera y veo la pista de aterrizaje acercándose
rápidamente, me
doy cuenta de que nunca he dejado de ser el hijo de mi madre,
sin importar cuanto
intente pretender otra cosa. Suelto mis rodillas y miro fijamente
hacia adelante.
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—No, no estoy bien.
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La mujer estira
una mano tentativa como si estuviera pensando en palmear mi
hombro, pero el signo de cinturones de seguridad suena al
apagarse, y me paro
de
golpe.
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—Estaré bien —le
digo, a pesar de que no estoy seguro por qué me molesto.
Nunca la veré de nuevo.
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El sol está subiendo
mientras hago mi camino hacia afuera y llamo un taxi. Bajo
mi brazo mientras una Van café se orilla hacia mí y se detiene.
Deslizándome adentro,
me pongo la gorra de Cubs que compré en la tienda de regalos del
aeropuerto. No he
estado en casa desde hace tiempo, pero todavía recuerdo dónde
están mis lealtades.
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Un chico con una barba que alcanza su ombligo me mira en
el espejo retrovisor.
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—¿Dónde te diriges? —pregunta en una voz profunda y rasposa.
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Trago tan duro que creo que puedo haber perdido mi lengua.
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—344 Rosemarie.
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El conductor pone
la dirección en su GPS, lo que creo que es engañar el sistema.
Como un conductor de taxi, su trabajo es conocer cada rincón
y rendija de la ciudad.
¿No es esa la cosa del tipo de orgullo de taxista? Decido
que debería serlo.
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Mientras nos acercamos
a la casa de mi madre, mi pecho se aprieta. Tengo que
continuar recordándome de relajarme para poder respirar.
Un dolor palpita en mi
mano, y bajo la mirada. Sin ni siquiera darme cuenta, había
sacado mi moneda y había
estado apretándola hasta la muerte.
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Giro la moneda
entre mis dedos y observo al Sr. Lincoln convertirse en el
Monumento del Sr. Lincoln. Mis ojos se cierran, y me pregunto
qué tomaría tener mi
propio monumento. Creo que tenía algo que ver con liberar
esclavos luego de
generaciones de aprisionamiento y de sostener con una mano
el país junto durante la
Guerra Civil, lo que yo totalmente podría nivelar
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Escucho un sonido
loco de golpeteo, y abro mis ojos de golpe. El hombre
barbudo me mira fijamente, sus fosas nasales moviéndose con
molestia. Obviamente
acaba de tocar la cosa de plástico deslizante entre nosotros.
Estoy bastante seguro de
que un oye, chico
habría sido suficiente.
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Apunto su barba de pañal.
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—¿Guardas cosas allí adentro?
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Él no responde.
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—¿Cómo caramelos o pequeños pajaritos?
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Su mandíbula se aprieta.
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—Deberías pensar
en eso. —Busco mi billetera y le pago al tipo. Luego me giro y
veo lo que he estado evitando, casa. Mi corazón se salta
un latido. Aspiro un rápido
aliento para volver a animarlo, luego abro la puerta del
taxi y me bajo a la calzada.
Detrás de mí, el taxista acelera para encontrar su propio
cliente, donde usará su
navegador para robarles la auténtica experiencia de taxi.
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Miro la Van café
girar por una calle lateral, luego miro el edificio de arenisca en
frente de mí. Es de tres pisos, con un pequeño balcón en
el piso superior y escaleras de
ladrillos subiendo hacia el primer piso. Una calabaza de
cerámica está puesta cerca del
último escalón. Toda la casa está cubierta en piedra blanca
cremosa y está aplastada
como sándwich entre otras dos. A pesar de que esta fila de
edificios de arenisca fue
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construida a principios de 1900, han tenido suficiente cirugía
plástica para combinar
con los dueños de grandes pelotas adentro.
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Me doy cuenta
de que estoy de pie a plena vista, donde mi madre podría
fácilmente verme. Dándome vuelta, camino a través de la calle
y encuentro una banca
a varios metros, escondida detrás de autos estacionados.
Luego miro alrededor, y
cuando estoy seguro de que nadie está observando, dejo que
mi sombra me trague.
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Las horas pasan,
y lucho con no caer dormido. He estado observando su puerta
toda la mañana, medio preguntándome qué infiernos estoy haciendo
aquí. Se siente
como si hubiera volado medio camino por el país para acosar
a mi propia madre.
Supongo que estoy esperando que cuando la vea, de alguna
manera me ayudará a
comprender mi decisión. No seré capaz de dejar que ella me
vea; hay reglas estrictas
acerca de cosas así. Pero yo puedo verla, y justo ahora,
eso es todo lo que necesito.
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Las palabras
de Eugenia suenan de nuevo en mi mente: Algo está viniendo, Peter.
Y es mejor que elijas el camino correcto.
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No he visto a
mi madre en dos años. La última vez que lo hice, ella estaba
limpiando luego de la cena. De hecho, limpiar es probablemente
la palabra incorrecta.
Dando instrucciones
a nuestra sirvienta es probablemente
más preciso.
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Ella había hecho
esa cosa donde besa la parte superior de mi cabeza sin verme.
No realmente, de todas formas. Luego se fue a la cama mientras
mi papá y yo nos
quedamos despiertos hasta tarde en la noche, lo suficiente
para que a él le dé un
anhelo de brownies.
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Recuerdos de esa
noche me bañan. El sonido de la música rap sonando a través
de los parlantes de su Beamer. La manera en que cantaba fuera
de tono Jay-Z en un
intento de demostrarme de que él estaba en onda. Luego,
el chirrido de ruedas
mientras el ciervo salía al camino. Mi cabeza traqueteando
mientras el auto daba dos
vueltas y se deslizaba hasta detenerse.
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Y finalmente, las palabras que susurró mientras se iba: Te amo, P.
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Golpeo mi puño
contra mi pierna. Luego lo hago de nuevo. Y de nuevo. El dolor
físico se siente bien. Mejor que el que estoy sintiendo en
mi pecho, el que amenaza en
rebasarme. Esta es la razón por la que no quería volver.
Demasiados recuerdos que no
puedo olvidar. Pero supongo que al final, ellos me siguieron,
de todas formas. Ni un
día pasa en que no piense en el padre junto al que morí y
la mujer que ambos dejamos
atrás.
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Mi madre. Ella
puede no ser la mejor del mundo, pero es mía, maldición. Y la amo
con fiereza.
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¿Cuántas veces
contemplé volver aquí para mirarla, para verla una vez más?
¿Pero por qué hacer eso cuando al día siguiente podría ser
arrastrado de vuelta al
infierno por quién sabe cuánto? Esa promoción, la que he
perseguido por dos años,
significa muchas cosas. Escapar de la boca del infierno,
sí. Pero aún más, ver a mi
madre cada día. Nunca tener miedo de que de pronto sea arrastrado
lejos. Podría
comprar un departamento cerca de aquí, verla cuando quiera.
Tendría mi revisión de
coleccionistas en mi ciudad. Sería un cuartel general de
orden. Y nada nunca me
quitaría a mi familia de nuevo. Estoy mirando fijamente el
pavimento, perdido en mis
pensamientos, cuando un sonido de chasquidos llama mi atención.
Mi cabeza se
levanta de golpe. El repentino movimiento tira un músculo
en mi cuello. Comienzo a
frotarlo pero me congelo.
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Es ella.
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Mi madre camina
por la puerta y hacia el escalón, todavía poniéndose su abrigo
de piel. Está demasiado cálido para la piel, quiero decirle. Pero por supuesto. No
puedo.
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Su cabello oscuro
está sujetado en una cola de caballo baja, y su flequillo está a
través de su frente que siempre se quejaba era demasiado
grande, a lo que mi padre
replicaba que era perfecta para besar. Atrapo un vistazo
de su blusa amarilla y
pantalones blancos antes de que estén enterrados bajo el
visón. Sus labios están
pintados de un brillante rojo, pero no está usando mucho
maquillaje en general. Ella
parece… luce... de alguna manera feliz, como si pudiera no
estar teniendo el peor día
de su vida. Parte mi corazón en dos. Quiero que sea miserable
porque me he ido…
pero no quiero.
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Mi cerebro envía
una señal a mi cuerpo, diciendo que se acobarde y esconda. No
la dejes verte, dice.
Mi corazón por el otro lado, le dice a mi cerebro que se joda. Grita
por que corra a través de la calle, moviendo mis brazos y
gritando, ¡Mamá, mira! ¡Estoy
aquí! ¡No te dejé!
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Mi madre tira
su bolso Prada verde oxidado sobre su hombro, baja las escaleras,
y camina por la calzada como si estuviera saliendo para un
almuerzo temprano. Me
siento sorprendido por un momento, preguntándome qué está
haciendo. Debería
estar llamando un taxi. Mi madre nunca ha caminado a ningún
lugar en su vida. De
hecho, estoy bastante segura de que está selectivamente incapacitada.
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Me paro y la
sigo. Tiene largas piernas y se mueve rápido, pero rápidamente la
alcanzo. Después de diez minutos, gira a una calle cerca
de nuestra casa que está llena
de restaurantes familiares, del tipo que ella no visita,
el tipo con menos de cinco
estrellas.
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Cruza la calle,
y noto sus pasos volviéndose más ligeros y apurados, como si no
pudiera esperar para llegar a donde está yendo. En frente
de ella, una lona roja
colgando sobre una pasarela peatonal tiene la palabra Cappello’s escrita
en itálicas
blancas. Ella se mueve debajo de esta… y allí es cuando lo
veo.
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Un hombre mucho
más alto que mi madre la atrae a un abrazo. La besa en la
mejilla. No es un beso rápido. Rápido sólo implicaría formalidad,
posiblemente viejos
amigos. Pero sus labios no van deprisa… ellos se demoran.
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Y tengo una repentina, detallada visión de patear su enorme trasero.

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