Páginas

miércoles, 30 de abril de 2014

Capitulo 39- The collector




Volviendo a Lali
 Abordo el avión de regreso a Alabama y suelto un suspiro de frustración cuando la
azafata deja caer a una niña de diez años a mi lado. Quiero decir, esto es primera clase. 
¿Por qué alguien de diez años? Está usando una falda de jean azul, una remera blanca, y
bastantes pulseras finas de plata para darme un dolor de cabeza cada vez que ella se mueve. 
Retirado hacia atrás en su corto cabello color marrón hay una cinta blanca.
     
Cuando la niña se sienta, se acerca a mí para ver por la ventana. Sus ojos son tan
grandes como Alaska, y no podría parecer más atemorizada ni aunque alguien le
quitara el extremo a una granada y la lanzara en su regazo.
     
Cuando el avión rueda, luego corre, por la pista, parece poseída, moviendo su
cabeza en círculos y hablando en idiomas. Luego de unos minutos, se calma. Pero
cuando la leve turbulencia golpea a medio camino a través del vuelo, las lágrimas
empiezan a llegar.
      
Ni siquiera noto que está llorando hasta que me inclino hacia adelante para
tomar la bebida que me trae la azafata. Pero una vez que me doy cuenta que las
mejillas de la niña están mojadas y su pecho está convulsionando, no me lo puedo
sacar de la cabeza. Ahora por lo general, me haría el tonto. Actuaría como si no supiera
que la niña a mi lado está teniendo un ataque de nervios. Pero no puedo. Y conozco
malditamente bien la razón. Es Lali. Esa chica se metió en mi cerebro y cavó
profundo. Ella encontró el último trozo de bondad allí, lo alzó hacia la luz, y dijo:

—¿Ves aquí? ¿Ves esto? ¡Mira cómo brilla! Vamos a hacer que crezca.

Bajando mi bebida y enfrentando a la niña, pregunto:

—¿Asustada?
      
Al principio, ella parece sorprendida de que le esté hablando. Pero luego traga
saliva y asiente.

—¿Te digo algo? Estaba completamente asustado la primera vez que volé.

—¿En serio? —pregunta.

No. Para nada. No puedo recordar tener miedo de algo cuando estaba vivo.
      
—Completamente —respondo—. Pero, ¿sabes qué? ¿Esas personas que vuelan
estos aviones? Son como malditos genios. Estás en buenas manos.
     
La niña mira hacia la cabina y hace una pequeña sonrisa, pero no está
convencida.

Intento pensar en algo para distraer su mente del vuelo. Su vincha capta mi
atención.
      
—¿Por qué estás usando una cinta? ¿Es eso lo que todos los niños están haciendo
estos días?

Ríe y se toca la cinta.
     
—LeBron James usa una. Va a jugar esta noche por lo que tengo que estar… ya
sabes…

Para dar apoyo —termino por ella.

Asiente.
      
—¿Quieres ver algo estupendo? —Levanto mi pie y le doy vuelta a la lengüeta
roja de mi zapatilla.

Sus ojos se agrandan.


—¿Es lo que creo que es?

—Si crees que es el autógrafo de Dwyane Wade, tuviste razón.

—Amigo —dice.

—Amiga —repito.
      
—Me encantaría nunca descalzarme. —La niña se recuesta en su asiento,
visiblemente relajada.

Bajo mi pie.

—Yo no.

Pone su boca hacia un costado como si estuviera pensando.

—¿Y si consiguieras el autógrafo de LeBron también?

—Pfft. Por favor —digo—. Tengo el único que quería.
     
Su cara se pone toda emocionada como si tuviera un millón de argumentos
acerca del mejor jugador de Miami. Resulta que tengo razón. Y a medida que nos
aproximamos a Birmingham, sigue defendiendo su postura. Levanto una mano para
detenerla y señalo la ventana. Mira la ciudad y pone una mirada confusa, como si no
estuviera segura de a qué me estoy refiriendo.

—Ya llegamos —digo.
     
Mira de la ventana hacia mí. Una enorme sonrisa cubre su rostro, y lanza sus
pequeños brazos alrededor de mi cuello. La sensación golpea algo dentro de mí. Algo
que no había sentido en mucho tiempo.

Como una calidez difusa o alguna tontería así.
     
Cuando llego a Peachville, es tarde, pero tengo que ver a Lali enseguida.
Aunque no estoy seguro de que pueda llevarlo a cabo, tengo que intentar detenerla de
cumplir algo más del contrato. Pero tengo miedo de a dónde podría conducir esta
conversación. Mi mayor temor es que descubrirá mi secreto. Que no trabajo para el
Gran Hombre. Pienso en la manera en que ella me vería si lo supiera, con miedo,
traición y disgusto. Mis hombros se tensan, y tengo que rotarlos varias veces para
relajarme.
      
Me pregunto si ella estará decepcionada por no recibir todos los deseos de
belleza que había esperado. Pero estoy seguro de que puedo hacerla entrar en razón.
Sólo le diré la verdad, que el setenta y cinco por ciento de la atracción proviene de
exudar confianza. Le enseñaré cómo entrar en una habitación, cómo inclinar la
barbilla para que las persona puedan creer que ella es muy buena para ellos. También
la pondré frente a un espejo y le mostraré las cosas que veo. La elegante pendiente de
su clavícula, el suave y chato plano de su estómago, la manera en que la comisura de
sus ojos se arruga cuando ríe. Hay un millón de pequeñas razones de por qué alguien
se enamoraría de Lali; sólo tengo que recordarle esas cosas, sólo tengo que decir,
Eres hermosa. Si lo crees, ellos lo creerán.
     
Freno en la casa de Lali y subo hasta la brillante puerta roja. Levantando mi
mano para golpear, dudo. Ella estaba molesta la última vez que la vi. ¿Lo seguirá
estando esta noche?
     
Dejo caer mi mano. Ese beso. No pude haberlo tomado. Se sentía mal. Nunca me
importó engañar a alguien antes, pero con ella, no lo sé. Simplemente no pude. Quizás
un día, si puedo encontrar una manera de salvar su alma, entonces pueda…
      
Pero incluso mientras considero esto, me doy cuenta que nunca pasará. Lali
está destinada a grandes cosas. Y yo, por otra parte, estoy intentando escapar de mi
pasado.
      
Muerdo el interior de mi mejilla, y esta vez, logro tocar sin detenerme. La Abuela
abre la puerta. Parece sorprendida de que alguien esté aquí tan tarde, pero cuando se
da cuenta de que soy yo, su expresión cambia. Enojo brilla detrás de sus ojos.

—Niño Grande —dice, apoyando una mano en su cadera.

—¿Puedo hablar con Lali?

Sonríe, pero no es una sonrisa verdadera, lo que no es prometedor.

—No, no puedes. Vino de la escuela a casa bastante deprimida.
     
Me apoyo contra el marco de la puerta de afuera, preguntándome si Abuela sabe
sobre Las Vegas.
      
—Se quedó con Candela anoche —digo—. Quizás no debería dejarla quedarse
allí más.


—No creo que ese sea el problema.
Me mira, por lo que la miro.
      
—Mire, realmente necesito hablar con ella —anuncio con mi mejor voz de
caballero—. Es importante.

Ella niega con la cabeza.

—Eso es lamentable.
     
Ya he tenido suficiente de la Abuela ahora mismo. Empujo más allá de ella
mientras grita para que me detenga, que va a aplastarme como a un insecto. Pero algo
además de las amenazas vacías de la Abuela me detiene.

Lali.
    
Está parada en la cima de las escaleras, mirando desde arriba. Parece agotada,
como si hubiera estado luchando una batalla toda la noche.

Lali—digo—. Tengo que hablar contigo.

—Es tarde, Peter. Te veré mañana.
     
—Lali… —Mi voz tiene un tono de súplica, pero no me importa. Verla ahora,
no puedo creer que imaginé no salvarla. No puedo creer que nunca la viera realmente
antes de esto. Que no viera lo hermosa que es su alma, cómo la vida que vive es la que
siempre quise pero nunca tuve agallas de reclamar. Mi corazón palpita, y sé que se ha
acabado para mí. Estoy acabado. Masilla en sus manos.
     
Se da la vuelta y regresa a su habitación. Por encima de su hombro, dice en una
temblorosa voz:

—Por favor. Vete a casa.
     
Estoy demasiado sorprendido para moverme. Sabía que ella estaba molesta,
pero no pensé que me patearía. La Abuela agarra mi brazo y me da un suave tirón. El
enojo se ha drenado de su cara. En cambio, parece mirarme con lástima. Sacudo mi
brazo y la fulmino con la mirada porque no necesito a nadie sintiendo lástima de mí.
Nunca.

—Estoy bien —espeto.

—Sé que sí —dice.


La paso y salgo por la puerta. Detrás de mí, escucho el clic de la cerradura
deslizándose en su lugar, y momentos más tarde, la luz del porche se apaga. Me quedo
parado a solas en la oscuridad, mirando hacia arriba a la ventana de la habitación de
Lali. Una luz cálida brilla detrás de las cortinas, y mis nervios se encienden. Quizás
debería subir y hablarle. Pero segundos después, la luz se apaga.
     
Con la cabeza gacha, regreso a Elizabeth Taylor. Laliestá realmente molesta,
y ahora sé que no es sólo por el beso. Hay algo más grande que está pasando. Vuelvo a
pensar en todas las veces que pidió rasgos hermosos. Recuerdo cómo inmediatamente
buscó mi opinión sobre su cabello rubio y brillante, y cómo preguntó si yo sabía de
qué color eran sus ojos antes de cambiarlos, también. Y finalmente, en Las Vegas,
cuando preguntó si yo pensaba que debería pedir más belleza.
      
En todos los casos, prácticamente le rogué para que cumpliera el contrato. ¿Y
por qué no lo haría? En ese momento, todo lo que me preocupaba era terminar el
trabajo y recibir mi promoción. Pero ahora, todo lo que siento al recordar esos últimos
días es vergüenza.
      
Brevemente, intento esa cosa de meterte en los zapatos de los otros que he
escuchado. Me pregunto cómo me sentiría si alguien sugiriera que cambiara mi
apariencia. Mi cara se arruga y hago una mueca de dolor. Le diría a ese alguien dónde
se lo puede meter. Pero como una repentina bofetada, me doy cuenta que también yo
me sentiría herido.
     
Arrancando el motor, me alejo de la casa de Lali y conduzco hacia el Hotel
Wink. No he cancelado el hotel, e incluso pensar en la cama me hace sentir soñoliento.
Ahora, debería dar la vuelta, subir el enrejado de afuera de su ventana, y exigirle que
hablara conmigo. Pero quizás tiene razón. Es tarde. Y técnicamente, todavía tengo tres
días para terminar esta asignación. Sabiendo lo rápido que llegará el domingo, mi
estómago se encoge.
      
La fatiga supera la ansiedad cuando aparco afuera del Hotel Wink y entonces me
dejo caer en mi habitación. No tengo idea de lo que voy a hacer para protegerla. No sé
lo que voy a hacer para evitar que descubra quién soy realmente. Y realmente no sé
cómo hacer ambos sin ser echado al noveno anillo del infierno.
     
Estos y otros pensamiento igualmente encantadores, son lo último que recuerdo
cuando sucumbo al sueño.

----------------*-----------------


Me enderezo de repente y escucho. Escuché algo. De hecho, creo que he estado
escuchándolo por un rato pero justo ahora es que me doy cuenta.
      
Inclinando la cabeza, escucho lo que sea que me despertó. Estoy a punto de
aceptar que estoy imaginando cosas cuando cuatro rápidos golpeteos suenan afuera
de mi puerta. Miro en torno a la habitación, intentando despertarme y tratando de no
estar en pánico. Podría ser cualquiera. Sólo porque alguien esté afuera de mi puerta
no quiere decir que todo se va a ir a la mierda.

Me deslizo fuera de la cama y me dirijo a la puerta, conteniendo la respiración.
       
—Peter, amigo, soy yo. Abre. Sé que estás ahí. —Las palabras de Nicolas suenan
amortiguadas a través de la puerta de acero, pero estoy completamente seguro de que
es él.

Abro la puerta, y entra paseándose en mi habitación.
      
—¿Dónde has estado? —dice—. No podía sentirte en ninguna parte por las
últimas veinticuatro horas. Pensé que te habías hecho renegado y roto tu brazalete o
algo así. Cometido suicidio demoníaco.

Enciendo la luz, y Nico se sube a la cómoda para sentarse.

—Tuve que ocuparme de algunas cosas.
      
—Apuesto que sí. —Nico actúa como si estuviera golpeando, y luego apretando
el trasero de alguien.

Pasando una mano por mi cabello, digo:

—Nico, tengo que dormir.

—Apuesto que sí.

—Déjalo. Estoy completamente agotado.

Nicolas frunce el ceño.
     
—Es esa chica Mariana. Te ha machacado o algo. Realmente estás sacando todo
para conseguir a esta. Llevarla a fiestas. Volar alrededor del mundo.
     
Me congelo, luego le lanzo una mirada fría a Nicolas. El recuerdo del Coleccionista
observándome se vierte sobre mí como lava. El calor pincha sobre mi piel cuando me
doy cuenta de que este coleccionista… podría ser cualquiera. Muy lentamente,
pregunto:

—¿Cómo sabes que dejamos Peachville?

Me señala.

—¡Atrapado! Lo sabía.

Inspeccionándolo de cerca, espero ver qué más dirá.
      
—Tranquilízate, hombre. —Levanta las manos—. Como dije, sabía que te habías
ido porque no pude sentirte más. Sabes que a menos que estés abajo, tenemos que
estar bastante cerca para captar el brazalete. Sabía que estabas en Peachville porque
ahí es donde todo el mundo dijo que estaba tu asignación, y cuando no pude sentirte
más, supe que te habías ido. Pensé que habrías hecho un viaje con tu dama.
      
Lo que dice tiene sentido, pero repentinamente, no me puedo quitar la paranoia.
¿Y si es él? ¿Y si él me está observando? La mayoría de los coleccionistas harían
cualquier cosa por conseguir una promoción como la que estoy haciendo. ¿Puedo
confiar realmente en Nicolas ahora?

Hago un cabeceo hacia la puerta.

—Creo que deberías irte.
     
—Peter… —dice, y suena exactamente de la manera en que dije más temprano
el nombre de Lali.
      
—Nico, sal de aquí antes de que te saque. Tengo tres días para conseguir a
Lali. Y como dijiste, no quiero ninguna de esas consecuencias molestas por fallar
en la entrega. Estoy seguro que entiendes.
     
El dolor se retuerce en su cara, pero he conocido a Nicolas por dos años, y estoy
seguro de que si quisiera, podría ser un actor ganador del Oscar.
     
Los ojos de Nicolas se abren con incredulidad, y su cabeza cae. Luego se vuelve a
parecer a sí mismo y alza la mirada.

—Sí, bien. Como sea.


Me cruzo de brazos cuando Nicolas gira para irse y lucho contra la tentación de
detenerlo. Es un buen amigo. No, uno estupendo. Y no puedo creer que esta asignación
me haya convertido en alguien que no puede confiar en su mejor amigo.
      
La puerta se cierra detrás de Nicolas , y me siento en la cama. Por varios segundos,
simplemente miro fijamente la alfombra damasco marrón y negra, sintiéndome como
si acabara de perder a la única persona que realmente me conoce.
     
Un sonido agudo y alto me sobresalta, y me paro de un salto, medio esperando
que de alguna manera se trate de Nicolas . Si es él, estoy seguro de que no seré capaz de
enviarlo lejos. Pero mientras escucho, puedo decir que está viniendo de más lejos, y
que no suena para nada como él.
      
Abriendo la puerta, escucho el sonido procedente de las escaleras. Suena como
una mujer gritando. Camino, luego corro, hacia el grito. Girando la puerta de la
escalera, escucho que ella está pidiendo ayuda dos pisos abajo. Corro por las escaleras,
preguntándome qué estoy haciendo, por qué estoy corriendo detrás de una señora
gritando.

Cuando la veo solo parada allí, la alcanzo le agarro el brazo.

—Oiga, ¿qué está mal…?

Me detengo.
      
Nicolas está desplomado en el suelo, sosteniendo su cabeza. Sangre, oscura y espesa
está cayendo por el frente de su rostro debajo de sus manos. Además de él hay un
extinguidor de fuego, salpicado con sangre en un extremo.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario