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jueves, 24 de abril de 2014

Capitulo 33 - The collector


Labios
  
Vamos a llevarte de regreso al hotel. —Hago un masaje rápido a mis ojos como 
hacen los chicos. Ella no me puede verme así, no puede saber que tiene un efecto
en mí. Es algo que me gustaría no poder saber yo mismo.
      
Lali asiente contra mi pecho, así que tomo su mano y dirijo el camino. Nos
dirigimos hacia la pista de baile, y me doy cuenta de que estoy sosteniéndola contra
mi espalda más fuerte de lo que necesito. Echo un vistazo por encima del hombro un
par de veces para asegurarme de que está bien, y sonríe.

Mi corazón palpita.
      
Después de un par de minutos, nos tropezamos con Candela, bailando con
alguien que le dobla la edad. La arrastro lejos, y ella no está muy feliz por eso.
Tampoco el tipo, pero no tengo la energía para lidiar con su trasero.

—¿Dónde está Gaston? —pregunto a Candela.
     
Se encoge de hombros y extiende su labio inferior como si yo fuera su maldito
padre y no le permito escapar. Miro de cerca a sus ojos. Son de color rojo y
torneándose sin conectar en una sola cosa.

Me quejo y tomo su mano en la mía vacía.



—Lo juro, las llevo a tener un poco de diversión… —Se lee: meterse en
problemas—. Y todo lo que hacen es beber su peso corporal en licor y pasar el rato
con idiotas.

Candela se tapa la boca y ríe como una lunática.

—Sí, es divertido —le digo.
     
Empujamos a través de los cuerpos hasta que veo a Gaston. Hay incluso más gente
donde él está bailando, lo suficiente para hacer que sea difícil para los tres llegar a él.

Me vuelvo hacia las chicas.

—No. Se. Muevan.
     
Candela envuelve sus brazos alrededor de una balanceante Lali. Ella
asiente con una cara seria, y luego se echa a reír.
     
Ruedo los ojos y me dirijo hacia donde está Gaston. Cuando me acerco, me tengo
que morder los nudillos para no gritar. Gaston está tan apretado contra una chica, que
medio-espero ver ropa tendida a sus pies. Sin embargo, esto no es lo que me molesta.
La gente se queja mientras las empujo fuera del camino y tiro a Eugenia de Gaston.

—Ve a liarte con alguien más, Rubia.

—Amigo —Gaston arrastra la palabra.

Me doy vuelta y lo encaro a él y sus tropiezos de borracho.

—¿En serio, Gaston? Estabas sobrio, como, hace quince minutos.
     
—Me golpeó un poco —dice, riendo. Luego intenta pasar más allá de mí para
llegar a Eugenia, quien está ocupada reajustando su top.

—Rubia, piérdete —le digo—. Gaston, ven conmigo.

Los ojos entrecerrados de Gaston se abren.
     
—Pensé que eso es lo que habías dicho. —Él señala a Eugenia—. Tú eres Rubia... y
yo soy Azul. Los dos estamos en la rueda de color. —Ruge de la risa.


—Bueno, eso es genial. —Agarro sus hombros y me las arreglo para empujarlo
hacia Candela y Lali, a pesar de que él está arrastrando los pies y gritando por su
amada Rubia.
      
Fuera del club, llamo a un taxi y me las arreglo para meter a los tres borrachos
en el interior. Se sientan hombro con hombro en el asiento trasero. Mientras estamos
de regreso al Hotel V, hablan uno sobre el otro y se callan en ciclos.
      
—Lali, Lali  —articula Gaston—. Siento haber empujar a ese tipo. Sabes que
es sólo porque me preocupo. Es porque…

Candela se inclina hacia adelante en su asiento.
    
—¿Y yo qué? ¿Harías eso por mí? Tú no te preocupas por mí. Ni siquiera te
importa.

—Me preocupo por ti —dice Lali, con los ojos completamente cerrados.
     
—Me preocupo por ti, Cande—grita Gaston—. Lo hago. Ni siquiera sabes.
Haría volar tu mente—. Él hace el ademán de que algo explota de su cabeza, y
Candela  cae sobre su regazo riéndose.
      
—Peter—dice Gaston, como si tuviera una idea brillante— vamos a conseguir
algo de papas fritas. ¿Tienen papas fritas aquí?

—Papas fritas —Lali golpea su brazo en el aire y golpea el techo de la cabina.
     
El taxista me mira con una derrota total, al igual que hubiera visto esto un millón
de veces y, finalmente ha aceptado su destino.

—Todo el mundo. Tranquilos —digo.
     
Candela se tapa la boca para evitar reírse, y entonces descansa su cabeza en el
hombro del Gaston. Él a su vez, apoya la cabeza contra la ventana, y Lali apoya la
cabeza sobre el hombro de Cande. Se ven como fichas caídas de dominó. O
soldados caídos. O tal vez sólo idiotas borrachos. A la par, cierran los ojos y se
desmayan.
     
Viajamos en silencio durante seis minutos misericordiosos antes de que Lali
despierte.

—¿Dónde estamos?


Me doy la vuelta en mi asiento y me pongo un dedo a los labios, pero es
demasiado tarde. Candela levanta la cabeza.

—Oh, Dios mío. Las luces son tan bonitas.

—Creo que son feas —dice Gaston sin ni siquiera abrir los ojos.
      
El rostro de Candela se arruga como si estuviera a punto de llorar, y Lali
tira de ella en un abrazo.

Tomo una respiración profunda y miro al taxista.

—Voy a pagarle el doble si puede llevarnos allá en dos minutos.
      
Él asiente y pisa el acelerador. Estoy seguro de que quiere que salgamos de su
taxi tanto como yo. Dos minutos más tarde en punto, nos detenemos en Hotel V. Gaston y
Candela cantan a todo pulmón durante todo el viaje en ascensor y todo el camino
por el pasillo hasta su habitación. Otros huéspedes del hotel meten sus cabezas en el
pasillo y agitan los puños, aunque no tengo ni idea de por qué. Esto es Las Vegas, por
amor de Dios. Así que hago algo gracioso, les regalo dos rígidos dedos medios. Mi
humilde regalo en esta gloriosa noche.
     
Después que le dije a Candela y Gaston por enésima vez que nosotros, de hecho,
no vamos a ir a la after-party en el casino y los llevo de manera segura dentro de sus
habitaciones, dirijo mi atención a Lali. Ella se apoya contra la pared e inclina la
cabeza contra un espejo de marco negro.

—Estoy cansada —dice ella—. No quiero ir a la after-party.

Me muerdo el labio inferior para no reír y camino hacia ella.

—Yo sé que no, cariño. Vamos a llevarte a la cama.
     
Ella asiente con la cabeza de manera que su cuello parece estar hecho de gelatina
en lugar de piel y huesos. Envuelvo un brazo por su cintura y la sostengo mientras
desbloqueo la puerta. Tan pronto como se abre, ella corre dentro y cae de bruces
sobre la cama. Su cabeza se hunde en una pila de almohadas con un fwump.

—Se. Siente. Tan. Bien —dice ella en las almohadas, con la voz ahogada.
     
Cruzo la habitación y quito sus zapatos de tacón. Entonces camino a un lado de la
cama y le quito sus pendientes, con cuidado de no hacerle daño. Esta es la primera vez
que he desvestido una chica sin esperar Locos Momentos a cambio.


—Lali—le digo—, tienes que darte la vuelta.
     
—¿Por qué? —Su rostro todavía aplastado contra las almohadas, y apenas puedo
entenderla.
      
—Porque vas a desmayarte y asfixiarte. —Empujo mis manos debajo de ella y la
acuno con mis brazos. Por un momento, la sostengo allí contra de mí, con la cabeza
apoyada en mi pecho. Lali se queja, y la acuesto sobre su espalda. Se enrosca como
una pelota en su costado. Agarro la manta blanca mullida de los pies de la cama y la
tiro sobre ella. Entonces agarro un vaso de agua del cuarto de baño y lo coloco en la
mesita de noche donde pueda llegar a él.

Y entonces me quedo mirándola.

Como un total acechador, sólo me paro allí y la miro.
     
Su respiración se ha desacelerado, y cada pocos segundos, su boca funciona
como si estuviera hablando en sueños. Conociendo a Lali, probablemente lo está. Y
no hay manera de que la persona con que está hablando entienda una sola palabra.
     
Un mechón de cabello de Lali cae sobre su rostro, y me muevo para
empujarlo hacia atrás. Cuando mi mano roza su recién suave mejilla, sus ojos se abren
de golpe. Ella envuelve sus dedos alrededor de mi muñeca, y sus grandes ojos azules
permanecen fijos en mi rostro.

—¿Peter? —Ella dice mi nombre en voz tan baja, que casi no la reconozco.

Me siento en el borde de la cama y espero a que termine.

Su boca se separa, pero sus ojos se cierran.

—Puedes besarme si quieres.
     
Cada músculo de mi cuerpo se tensa. Estoy sorprendido en el silencio. No puedo
creer lo que acaba de decir, pero tal vez debería. No es que ella me apartara estos
últimos días, y me dijo en el club que piensa que tengo un buen corazón. Pero de
alguna manera todavía se siente surrealista. Debería haber visto las señales. Debería
haber sabido que esto iba a suceder. Los ojos de Lali  permanecen cerrados, y no
estoy seguro de si se ha dormido o espera a que le responda.

O espera a que la bese.


Estudio su boca, su mejor característica. Son llenos y rosados, y me pregunto por
breves momentos lo que se sentiría presionar mis labios con los suyos. Pero no puedo
hacerlo. No voy a hacerlo. Está borracha, y ella es mi misión... y olvidará todo acerca de
esto en la mañana. Sin embargo, me pregunto. ¿Qué si yo no trabajara para el
Inframundo? ¿Qué si yo fuera un chico, y ella sólo una chica que conocí en Peachville,
Alabama?
     
Exhalo y presiono mis labios en su frente. Debajo de mí, Lali hace un pequeño
sonido, pero no puedo decir si proviene de un sueño o algo más.

—Buenas noches, dulce niña.
     
Me levanto de la cama y me acerco a la puerta. Cerca de la entrada, me detengo y
la miro fijamente. Ella se ve pacífica, envuelta en esa manta blanca, su respiración
suave y lenta. Apago la luz y me muevo a través de la puerta.

Y de inmediato, a través de la sala, la veo esperando fuera de mi habitación.

Eugenia.

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