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Vamos a llevarte de regreso al hotel. —Hago un masaje rápido a mis ojos como
hacen los chicos. Ella no me puede verme así, no puede saber que tiene un efecto
en mí. Es algo que me gustaría no poder saber yo mismo.
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Lali asiente
contra mi pecho, así que tomo su mano y dirijo el camino. Nos
dirigimos hacia la pista de baile, y me doy cuenta de que
estoy sosteniéndola contra
mi espalda más fuerte de lo que necesito. Echo un vistazo
por encima del hombro un
par de veces para asegurarme de que está bien, y sonríe.
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Mi corazón palpita.
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Después de un
par de minutos, nos tropezamos con Candela, bailando con
alguien que le dobla la edad. La arrastro lejos, y ella no
está muy feliz por eso.
Tampoco el tipo, pero no tengo la energía para lidiar con
su trasero.
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—¿Dónde está Gaston? —pregunto a Candela.
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Se encoge de hombros
y extiende su labio inferior como si yo fuera su maldito
padre y no le permito escapar. Miro de cerca a sus ojos.
Son de color rojo y
torneándose sin conectar en una sola cosa.
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Me quejo y tomo su mano en la mía vacía.
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—Lo juro, las
llevo a tener un poco de diversión… —Se lee: meterse en
problemas—. Y todo lo que hacen es beber su peso corporal
en licor y pasar el rato
con idiotas.
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Candela se tapa la boca y ríe como una lunática.
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—Sí, es divertido —le digo.
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Empujamos a través
de los cuerpos hasta que veo a Gaston. Hay incluso más gente
donde él está bailando, lo suficiente para hacer que sea
difícil para los tres llegar a él.
Me vuelvo hacia las chicas.
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—No. Se. Muevan.
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Candela envuelve
sus brazos alrededor de una balanceante Lali. Ella
asiente con una cara seria, y luego se echa a reír.
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Ruedo los ojos
y me dirijo hacia donde está Gaston. Cuando me acerco, me tengo
que morder los nudillos para no gritar. Gaston está tan apretado
contra una chica, que
medio-espero ver ropa tendida a sus pies. Sin embargo, esto
no es lo que me molesta.
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La gente se queja mientras las empujo fuera del camino y
tiro a Eugenia de Gaston.
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—Ve a liarte con alguien más, Rubia.
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—Amigo —Gaston arrastra la palabra.
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Me doy vuelta y lo encaro a él y sus tropiezos de borracho.
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—¿En serio, Gaston? Estabas sobrio, como, hace quince minutos.
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—Me golpeó un
poco —dice, riendo. Luego intenta pasar más allá de mí para
llegar a Eugenia, quien está ocupada reajustando su top.
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—Rubia, piérdete —le digo—. Gaston, ven conmigo.
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Los ojos entrecerrados de Gaston se abren.
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—Pensé que eso
es lo que habías dicho. —Él señala a Eugenia—. Tú eres Rubia... y
yo soy Azul. Los dos estamos en la rueda de color. —Ruge de la risa.
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—Bueno, eso es
genial. —Agarro sus hombros y me las arreglo para empujarlo
hacia Candela y Lali, a pesar de que él está arrastrando
los pies y gritando por su
amada Rubia.
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Fuera del club,
llamo a un taxi y me las arreglo para meter a los tres borrachos
en el interior. Se sientan hombro con hombro en el asiento
trasero. Mientras estamos
de regreso al Hotel V, hablan uno sobre el otro y se callan
en ciclos.
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—Lali, Lali —articula Gaston—. Siento haber empujar a ese tipo. Sabes que
es sólo porque me preocupo. Es porque…
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Candela se inclina hacia adelante en su asiento.
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—¿Y yo qué? ¿Harías
eso por mí? Tú no te preocupas por mí. Ni siquiera te
importa.
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—Me preocupo por ti —dice Lali, con los ojos completamente
cerrados.
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—Me preocupo por
ti, Cande—grita Gaston—. Lo hago. Ni siquiera sabes.
Haría volar tu mente—. Él hace el ademán de que algo explota
de su cabeza, y
Candela cae sobre su regazo riéndose.
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—Peter—dice
Gaston, como si tuviera una idea brillante— vamos a conseguir
algo de papas fritas. ¿Tienen papas fritas aquí?
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—Papas fritas —Lali golpea su brazo en el aire y golpea
el techo de la cabina.
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El taxista me
mira con una derrota total, al igual que hubiera visto esto un millón
de veces y, finalmente ha aceptado su destino.
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—Todo el mundo. Tranquilos —digo.
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Candela se tapa
la boca para evitar reírse, y entonces descansa su cabeza en el
hombro del Gaston. Él a su vez, apoya la cabeza contra la ventana,
y Lali apoya la
cabeza sobre el hombro de Cande. Se ven como fichas caídas
de dominó. O
soldados caídos. O tal vez sólo idiotas borrachos. A la par,
cierran los ojos y se
desmayan.
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Viajamos en silencio
durante seis minutos misericordiosos antes de que Lali
despierte.
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—¿Dónde estamos?
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Me doy la vuelta
en mi asiento y me pongo un dedo a los labios, pero es
demasiado tarde. Candela levanta la cabeza.
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—Oh, Dios mío. Las luces son tan bonitas.
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—Creo que son feas —dice Gaston sin ni siquiera abrir los ojos.
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El rostro de
Candela se arruga como si estuviera a punto de llorar, y Lali
tira de ella en un abrazo.
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Tomo una respiración profunda y miro al taxista.
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—Voy a pagarle el doble si puede llevarnos allá en dos minutos.
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Él asiente y
pisa el acelerador. Estoy seguro de que quiere que salgamos de su
taxi tanto como yo. Dos minutos más tarde en punto, nos detenemos
en Hotel V. Gaston y
Candela cantan a todo pulmón durante todo el viaje en ascensor
y todo el camino
por el pasillo hasta su habitación. Otros huéspedes del hotel
meten sus cabezas en el
pasillo y agitan los puños, aunque no tengo ni idea de por
qué. Esto es Las Vegas, por
amor de Dios. Así que hago algo gracioso, les regalo dos
rígidos dedos medios. Mi
humilde regalo en esta gloriosa noche.
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Después que le
dije a Candela y Gaston por enésima vez que nosotros, de hecho,
no vamos a ir a la after-party en el casino y los llevo de
manera segura dentro de sus
habitaciones, dirijo mi atención a Lali. Ella se apoya
contra la pared e inclina la
cabeza contra un espejo de marco negro.
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—Estoy cansada —dice ella—. No quiero ir a la after-party.
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Me muerdo el labio inferior para no reír y camino hacia ella.
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—Yo sé que no, cariño. Vamos a llevarte a la cama.
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Ella asiente con
la cabeza de manera que su cuello parece estar hecho de gelatina
en lugar de piel y huesos. Envuelvo un brazo por su cintura
y la sostengo mientras
desbloqueo la puerta. Tan pronto como se abre, ella corre
dentro y cae de bruces
sobre la cama. Su cabeza se hunde en una pila de almohadas
con un fwump.
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—Se. Siente. Tan. Bien —dice ella en las almohadas, con la
voz ahogada.
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Cruzo la habitación
y quito sus zapatos de tacón. Entonces camino a un lado de la
cama y le quito sus pendientes, con cuidado de no hacerle
daño. Esta es la primera vez
que he desvestido una chica sin esperar Locos Momentos a
cambio.
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—Lali—le digo—, tienes que darte la vuelta.
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—¿Por qué? —Su
rostro todavía aplastado contra las almohadas, y apenas puedo
entenderla.
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—Porque vas a
desmayarte y asfixiarte. —Empujo mis manos debajo de ella y la
acuno con mis brazos. Por un momento, la sostengo allí contra
de mí, con la cabeza
apoyada en mi pecho. Lali se queja, y la acuesto sobre
su espalda. Se enrosca como
una pelota en su costado. Agarro la manta blanca mullida
de los pies de la cama y la
tiro sobre ella. Entonces agarro un vaso de agua del cuarto
de baño y lo coloco en la
mesita de noche donde pueda llegar a él.
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Y entonces me quedo mirándola.
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Como un total acechador, sólo me paro allí y la miro.
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Su respiración
se ha desacelerado, y cada pocos segundos, su boca funciona
como si estuviera hablando en sueños. Conociendo a Lali,
probablemente lo está. Y
no hay manera de que la persona con que está hablando entienda
una sola palabra.
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Un mechón de cabello
de Lali cae sobre su rostro, y me muevo para
empujarlo hacia atrás. Cuando mi mano roza su recién suave
mejilla, sus ojos se abren
de golpe. Ella envuelve sus dedos alrededor de mi muñeca,
y sus grandes ojos azules
permanecen fijos en mi rostro.
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—¿Peter? —Ella dice mi nombre en voz tan baja, que casi no
la reconozco.
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Me siento en el borde de la cama y espero a que termine.
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Su boca se separa, pero sus ojos se cierran.
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—Puedes besarme si quieres.
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Cada músculo de
mi cuerpo se tensa. Estoy sorprendido en el silencio. No puedo
creer lo que acaba de decir, pero tal vez debería. No es
que ella me apartara estos
últimos días, y me dijo en el club que piensa que tengo un
buen corazón. Pero
de
alguna manera todavía se siente surrealista. Debería haber
visto las señales. Debería
haber sabido que esto iba a suceder. Los ojos de Lali permanecen cerrados, y no
estoy seguro de si se ha dormido o espera a que le responda.
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O espera a que la bese.
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Estudio su boca,
su mejor característica. Son llenos y rosados, y me pregunto por
breves momentos lo que se sentiría presionar mis labios con
los suyos. Pero no puedo
hacerlo. No voy a hacerlo. Está borracha, y ella es
mi misión... y olvidará todo acerca de
esto en la mañana. Sin embargo, me pregunto. ¿Qué si yo no
trabajara para el
Inframundo? ¿Qué si yo fuera un chico, y ella sólo una chica
que conocí en Peachville,
Alabama?
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Exhalo y presiono
mis labios en su frente. Debajo de mí, Lali hace un pequeño
sonido, pero no puedo decir si proviene de un sueño o algo
más.
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—Buenas noches, dulce niña.
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Me levanto de
la cama y me acerco a la puerta. Cerca de la entrada, me detengo y
la miro fijamente. Ella se ve pacífica, envuelta en esa manta
blanca, su respiración
suave y lenta. Apago la luz y me muevo a través de la puerta.
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Y de inmediato, a través de la sala, la veo esperando fuera
de mi habitación.
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Eugenia.

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