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Golpeo la
campanilla de plata para atraer la atención del Chico Pizza. Hay una tallada
calabaza cerca de la campanilla, y estoy seguro de que se podría mover más
rápido que
el chico detrás del mostrador. Después de tomar una rápida ducha en mi hotel, me di
cuenta que no solo podía
comer, estaba muerto de hambre. Y tan
pronto como la Persona
Más Lenta del Mundo moviera su trasero, conseguiría nuestra pizza y la atacaría como
una bestia
salvaje.
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Diez siglos después, deslizo dos cajas marrones grasosas
en el asiento a mi lado y
conduzco a la casa de Lali.
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Después de tocar, Candela abre puerta y me quita la
pizza. Su negro cabello está
mojado, y todavía puedo ver las líneas del peine.
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—¿Comiste algo? —Ella me observa sospechosamente y
levanta la tapa de la caja.
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—Me lo comí todo. —Entro a la sala y me dejo caer en el
sofá a lado de Lali.
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—Eso supuse. —Candela lleva la pizza a la cocina y
vuelve con platos descartables y
servilletas apiladas encima. Ella se sienta a mi lado,
haciéndome el relleno de la Oreo
entre ella y Lali.
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—¿Dónde está Gaston? —pregunto.
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Lali saca un pedazo de la pizza de queso de la caja.
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—Arriba con la abuela. Él quería verla, dado que ella no
se está sintiendo muy bien.
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Mi estómago se tensa. Sé que Lali no se da cuenta de
cuantos medicamentos toma
su abue y que implica eso.
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—¿Qué pasa con ella? —expreso.
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—Sólo tiene gripe o algo así, pero aun así me siento mal
—dice Lali—. Le ofrecí
llevarle algo de pizza cuando llegara, pero ella no
quería.
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Bajo la mirada a mis manos, después la levanto hacia
Lali.
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―¿Gripe en octubre? Es un poco temprano.
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Sus cejas se fruncen como si estuviera pensando en esto.
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—Sí, —dice, frunciendo el ceño— supongo.
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No presiono el tema. No estoy seguro de querer a Lali distraída por la condición de
su abuela. Sea lo que sea.
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—¿Qué es esta blasfemia? —dice Candela, interrumpiendo
el incómodo silencio. Ella
está mirando una de las pizzas. Particularmente la mitad
que reserve para mí. La que
tiene tocino canadiense.
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―¿Quién puso cerdo en la pizza?
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Lali se inclina, ve el tocino, y se ríe. Ella me
señala.
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—Ese sería el nuevito.
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—Asco —dice Candela—. Eres asqueroso.
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—No tan asqueroso como tu juego —digo, recostándome.
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—Si quieres hablar pendejadas, viniste al lugar
correcto.
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Nos miramos, tratando de no reírnos, y comemosun pedazo
de nuestra pizza al mismo
tiempo.
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—Ustedes chicos son idiotas —dice Lali. Después sus
ojos aterrizan en el hueco de
la escalera—. Gas, ¿Estás bien?
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Candela y yo nos giramos hacia Gaston. Él está tratando
de sonreir, tratando de
asegurarle a Lalique todo está bien. Pero la sonrisa
no llega a sus ojos.
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—Sí —le responde—. Solo estoy cansando de todo lo que
jugué de defensa esta noche.
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Buena, pienso. Haz una broma así ella no sabe
cuan enferma está realmente su abue
Estoy pensando en cuan extraño es que él parece saber
que pasa algo cuando Lali
no, pero después me volteo y atrapo la atención de
Lali y veo la verdad. Ella sí
sabe,
me doy cuenta. Ella solo no quiere que se preocupen.
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Nunca entenderé las amistades que Lali tiene.
Amistades que no involucran dinero,
o sexo, o decir las cosas correctas para permanecer en
el círculo. No, las amistades de
Lali son diferentes. Ella trata de proteger a su
gente, y ellos a su vez la protegen.
Ellos aceptan las imperfecciones y se apoyan los unos a
los otros.
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Mis amigos no eran como sus amigos, lo que me hace
pensar si alguna vez tuve alguno
en absoluto.
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Observo a Lali reír con Candela mientras Gaston baja
las escaleras. No puedo dejar
de pensar que sus amigos deben ver lo que yo veo en
ella, lo que mi jefe ve. Su
inocencia, su pureza.
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Este estilo de vida puro parece hacerle feliz.
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Y me pregunto si ser más como ella pudo haberme hecho
feliz.
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Candela me pasa un plato con cuatro pedazos y mueve su
cabeza señalando que lo
pase. Cambia de manos y termina en el regazo de Gaston. Él
levanta la primera pieza y
destruye la mitad de un solo mordisco.
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—¿Una película? —pregunta Lali.
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Candela se pone de pie de un salto, corre a la cocina,
y vuelve sosteniendo dos
películas. Ella las levanta.
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―¿Breakfast at Tiffany’s o It’s a Wonderful Life?
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Todos sollozan.
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Ella las tira en la mesita y se hunde en el sofá.
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—Ustedes chicos tienen mal gusto.
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—¿Llevas esas cosas contigo? —pregunta Gaston.
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—No son cosas, —dice— son clásicos. Y las cogí cuando me llevaste a mi
casa para
cambiarme.
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Lali levanta el control.
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—¿TV?
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—Sí —decimos juntos Gaston y yo.
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—Lo siento, cariño —le dice Lali a Cande—. Las
veré contigo este fin de
semana si quieres.
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—Meh —murmura Cande.
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Lali enciende la TV, y terminamos viendo una
repetición de los MTV Movie Awards.
Unos minutos después mirando el show, mi curiosidad
ataca. Miro a Candela,
después a Gaston.
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Me pregunto.
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Realmente nunca me ha importado antes, no tengo el
hábito de echar un vistazo a
menos que esté asignando sellos, pero simplemente no
puedo detenerme.
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A la vez, las luces de sus almas se encienden. Por la
vista de ellas, Gaston y Candela
están viviendo vidas aburridas e higiénicas, aunque la
última no es tan limpia como la
anterior. Que pérdida de tiempo.
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Una hora después, Cande y Gaston se levantan para
irse. Me quedo detrás, y Gaston no
está feliz por ello.
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—¿No vienes? —me pregunta.
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—Nah, voy a quedarme un rato.
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Él mira a Lali, después a mí. Sus brazos caen
flácidos a sus costados, y puedo decir
que está herido. Supongo que él pensó que después de la
fiesta, ella y yo ya no
saldríamos solos. Pero él está equivocado. Solo estamos
empezando.
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Los dos se alejan en el carro de Gaston, Scrappy, y me
volteo para mirar a Lali.
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—¿Quieres relajarte en tu cuarto por un rato?
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Ella sonríe y asiente, y la sigo escaleras arriba.
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Jugar basquetbol fue divertido, pero ahora es tiempo de
trabajar. Tengo que
convencer a Lali de moverse más rápido en sus
peticiones y finalmente cumplir
con el contrato. Más acción, menos ideas, ese debería
ser mi mantra. Nos metemos en
su cuarto, y ella suavemente cierra la puerta detrás de
nosotros. Me siento en su cama.
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—Lali, ¿Has pensando en…?
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—Estoy lista para hacer más —interrumpe ella.
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—¿Qué? —pregunto—. Quiero decir, ¿Lo estás?
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Ella se encoje de hombros y asiente.
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Froto mis manos.
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—Sí, de eso hablo. ¿Entonces qué vas a hacer?
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Ella levanta una figura de cristal y se apoya en su
tocador.
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—Redoble de tambor.
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Imito un tamborileo y sonríe.
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—Quiero dejar los lentes. —Ella se los saca y los
sostiene—. Prueba A.
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—Está bien, sí―digo. Aunque me estoy preguntando porqué
esto necesita de un
contrato de alma. ¿Simplemente no puede someterse al
LASIK15?
¿O usar lentes de
contacto? Pero supongo que si la abuela no puede pagarle
un auto a Lali, ella
probablemente no puede comprarle esas cosas, tampoco.
Aun así, mirando a Lali,
no estoy seguro de por qué necesita dejar los lentes. No
están tan mal. Son en cierto
modo adecuados, en realidad. Sólo necesita arreglarlos,
tal vez conseguir una montura
Versace. Después podría ser Lali con estilo. En lugar
de Lali siendo alguien que
no es.
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Pero no es mi trabajo cuestionar esto.
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Es presionarla.
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Más acción, menos ideas.
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Lali baja su figurita y lentes al tocador.
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—¿Cómo debería hacerlo?
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Me cruzo de brazos.
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—Supongo que de la misma manera en que lo hiciste
anoche.
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—¿Qué hice?
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—Bueno, —digo, pensando— primero lo dijiste en voz alta.
Después empezaste a
hacer una lista de razones porqué querías que pasara.
Entonces tal vez deberías solo
intentar eso de nuevo.
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Ella se ríe un poco.
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—Apenas puedo verte.
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—Luzco realmente ardiente ahora.
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Ella se ríe más fuerte y amarra su cabello en una
coleta, como si esto fuera a ayudar a
la magia o lo que sea.
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Sus labios se separan, y mi corazón late tan fuerte, que
no puedo soportarlo.
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—Quiero tener ojos hermosos y perfectos —dice ella.
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Quiero detenerla y sugerirle que mejor especifique una
visión de 20/20, pero ella se
lanza hacia adelante.
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—Siempre he querido usar la máscara más oscura y comprar
uno de esos kits con un
billón de sombras de ojo. ¿Pero cuál es el punto con
estos? —Ella señala los lentes en
su tocador—. Es como si, sin importar lo que use, aun
así me siento poco arreglada.
¡Oh! Y quiero hacer esa cosa donde bato mis pestañas
cuanto un chico flirtea conmigo.
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¿Cuándo? ¿Cuándo
un chico flirtea conmigo?
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—Quiero que la gente note el color de mis ojos por una
vez. — Me mira y dice en voz
baja—. Apuesto que no sabes de qué color son, ¿verdad?
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Me alegra que no pueda ver mi cara, o ella sabría la
respuesta. Inspecciono su cabello
rubio y piel clara.
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—Eh chocolates.
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Ella tira del lóbulo de su oreja y sonríe.
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—Solo adivinaste. Pero está bien. —Ella pone sus manos
en las caderas y dice de
nuevo—. Quiero ojos hermosos y perfectos.
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Ella cierra sus ojos y respira regularmente. Sus manos
caen a sus costados, y ella las
aprieta en puños, como si pretendiera hacer que esto
pase. Ella toma una última y
larga respiración y abre sus ojos.
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Después corre a la cama y brinca. Ella salta de arriba
abajo sobre el colchón. Arriba
abajo. Arriba abajo.
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—¡Puedo ver! ¡Puedo ver totalmente! —dice medio
susurrando medio gritando así su
abuela no se despierta.
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—Oh, Dios mío —ella deja de saltar—. Realmente funcionó.
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Camino a su tocador y agarro sus lentes. Después abro la
ventana y pretendo botarlos.
Ella se baja de la cama de un salto, corre a través del
cuarto, me los arrebata, y los tira
por la ventana.
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—¡Lali! —digo, riéndome—. En realidad los tiraste por
la ventana.
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—Oh, ¿Viste eso? —Ella levanta dos dedos y señala sus
ojos—. ¡Loco, yo también!
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Ella está parada tan cerca, y es como si pudiera
saborear la emoción saliendo de ella.
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Lali mira afuera, después a mí. Sus ojos son como el color del chocolate fino.
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Están muy abiertos, y no puedo evitar sino… sino…
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Lentamente me estiro y paso mis pulgares sobre sus ojos.
Ellos se cierran bajo mi
toque. Ella no los abre cuando me alejo. Ella solo se
para ahí, su pecho elevándose y
bajando.
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En un instante, la luz de su alma se enciende. Casi me
había olvidado del sello, pero
aparentemente el contrato no omite nada. Desde lo
profundo en mi pecho, un sello
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rojo aparece y flota hacia ella. Se pega a su luz, aferrándose ahí. Al ver lo que he hecho,
aprieto mis manos.
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—Buenas noches, Lali—digo gentilmente.
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Ella sonríe, sus ojos todavía cerrados y asiente.
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Me voy y cierro la puerta detrás de mí. Afuera de su
cuarto, meto mi mano en mi
bolsillo hasta que mis dedos encuentran el frío centavo.
Trato y me concentro en la
borrosa Libertad presionada en un lado de la monada.
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Después bajo la mirada a donde sé que está mi brazalete,
y por un pequeño momento ,
estoy enojado al saber de dónde vino , por como el Jefe
hizo estas cosas. Me pregunto
que pensaría Lali si supiera lo que sé.
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Lo que nunca podré decirle.
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Cierro mis ojos.
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Esta es una tarea. Ella es una tarea.
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La escucha al otro lado de la puerta, moviéndose por el
cuarto. Ella probablemente
está metiéndose en la cama. De repente me imagino lo que
está usando —si es esa
misma cosita roja de seda— y si ella ya está bajo las
sábanas. Apuesto que incluso es
más angelical mientras duerme. La sangre quema en mis
venas. Y en la boca de mi
estómago, una mezcla de ira y culpa me provoca náuseas.
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Porque no importa. Al final, no importa lo que piense
sobre la chica durmiendo en esa
cama, no renunciaré a mi promoción. No volveré al
infierno.
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No escogeré su vida sobre la mía.
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El peldaño superior cruje cuando lo piso, pero algo me
detiene. La puerta de la abuela
está medio abierta, y puedo escucharla expectorando un
pulmón. Un escalofrío se
dispara por mi columna, y en todo lo que puedo pensar
es, Demasiado asqueroso.
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Bajo dos peldaños más, después la escucho toser de
nuevo. La abuela tose tan fuerte y
por tan tiempo que estoy seguro que es el último sonido
que hará. Después se detiene
y jadea por aire. Cierro mis ojos, tomo aire, y me
dirijo a su puerta. Se abre totalmente
bajo mi mano, y observo a la Abuela acostada en una cama
de tamaño matrimonial.
Hay una ventana cerca de ella, y la luna hace sombras
sobre su colcha de seda
purpura.
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Doy unos pocos pasos dentro del cuarto y me detengo
cuando ella se voltea. Ella no
parece sorprendida de verme. Como si supiera que he
estado aquí todo este tiempo.
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La Abuela abre su boca y tose de nuevo, y lucho con la
urgencia de salir huyendo.
Sobre su mesita de noche, fuera de su alcance, hay un
vaso de agua. Cruzo el cuarto,
pongo un dedo en el vaso, y lo deslizo hacia ella.
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Después sí salgo huyendo.
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Sacudo todo mi cuerpo y giro mi cabeza rápido como un
boxeador, tratando de
deshacerme de los escalofríos.
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―Peter―carraspea la Abuela.
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Me congelo.
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—Gracias —termina ella.
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La más pequeña sonrisa toca mis labios, y desciendo las escaleras y me voy.

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