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viernes, 11 de abril de 2014

Capitulo 21-The collector





Brillante y Perfecto Cabello
  
La mañana siguiente, recojo a Lali, y nos vamos a nuestro desayuno temprano 
por la mañana. Ella dejó su cabello suelto, y es… impresionante.
            
Nunca pensé que un buen cabello podría hacer tanto por una persona. Le
sugiero que haga una audición para un comercial de champú.

Se ríe.

Yo no.

—¿A dónde vamos? —pregunto.

—¿No hiciste reservaciones para nuestra cita?
    
Habría escupido el café si hubiera tenido uno. ¿Una cita? Maldita sea, la Princesa
Esposito tiene algo de confianza hoy. Cuando la miro, veo que está sonriendo. Mis
hombros se relajan.

—Pensé que lo sabrías mejor —le respondo—. Básicamente soy un turista.

—Entonces será Metro Diner —dice.

—¿Metro? Realmente están tomándose libertad con esa palabra.

Se ríe y sacude su cabello sobre su hombro.


Oh, dulce Jesús. Acaba de intentar la maniobra Sacudir el Cabello.
     
Dentro de Metro Diner, escogemos una mesa cerca de la parte trasera. Una
camarera que evidentemente comió un búfalo para el desayuno se contonea hasta
nuestra mesa.

—¿Orden? —dice.

Abro la boca para responder, pero Lali  me gana.
     
—Dos tortillas griegas con queso feta extra, salsa a un lado. Y dos grandes zumos
de naranjas.

La Gran Bertha garabatea la orden en su libreta y se gira para irse.

Agarro su brazo.
     
—Aguanta, cariño. Estoy seguro que las tortillas y el zumo de naranja son para
morirse. Pero también voy a necesitar un café negro y dos piezas de tocino.
     
Ella me mira como si fuera la siguiente cosa menos interesante que ha visto
luego del ejercicio.
     
—Tienen tocino, ¿verdad? —le pregunto ante su mirada en blanco y respiración
pesada.

Asiente y se aleja torpemente a toda marcha.

—La comida es muy saludable por aquí, ¿eh? —le pregunto a Lali.

—Como si te importara —resopla—. ¿Exactamente cuánto tocino comes?

—Lo suficiente como para avergonzar tu adicción a los Skittles.
     
El tocino resulta quemado, y el café sabe a trasero de burro, pero la tortilla
griega está bastante impresionante en realidad. Comemos el desayuno, y Lali
balancea su cabello al final de cada oración. Lo que ya es decir mucho.

En un momento se detiene y me mira fijamente.

—¿Qué? —pregunto.

—Es sólo que… entonces, ¿puedes comer y esas cosas?


—Sí, ¿y qué?
     
Mira alrededor y se inclina hacia adelante, sus senos presionando contra la
mesa.

—Pero estás muerto.

—Ya lo creo.

—Entonces, ¿cómo comes?

Me limpio la boca con la servilleta de papel.

—Mi cuerpo fue tomado antes que pudiera empezar a… umm…

—¿Descomponerse? —dice, su nariz arrugándose.
     
—Sí, exactamente. Luego colocaron este brazalete en mi tobillo, y estaba de
regreso en los negocios.

Echa un vistazo por la ventana, pensando.
    
—Así que, ¿eres como una persona viva? ¿La sangre fluyendo? ¿El corazón
bombeando?

Asiento.
     
—Sip. Estuve fuera de servicio unos días durante el funeral y el entierro.
Entonces, lo siguiente que supe fue que me faltaba el aire.

—Fuiste devuelto a la vida una vez más —dice, encajando las piezas.

—No diría que vivo, exactamente.

Se muerde el interior de su mejilla.

—Pero estás vivo.
       
—No, Lali. No lo estoy. Estoy muerto. Todo esto… —golpeo mi pecho— …es
artificial.
     
Toma un pequeño bocado de su tortilla y trata de cambiar de tema. Me alegro
que hiciera sus preguntas y que las contestara sin meter la pata... sin exponer para
quién trabajo en realidad. La observo pasar la tortilla con jugo de naranja radioactivo


Y me doy cuenta que todavía no sabe nada de su habilidad. Que puede deshacer mis
sellos con sus malditos rosados. Tengo mis propias preguntas, preguntas a las que
quiero respuestas, pero no van a venir de ella. Y por eso estoy agradecido.
     
Después del desayuno, llevo a Lali a la escuela y sufro tres horas de clases
que aturden la mente antes del almuerzo. Cuando suena la campana, la sigo de
economía a la cafetería. No vimos a Candela y Gaston cuando llegamos a la escuela esta
mañana, e incluso estoy un poco emocionado de ver su reacción… de ver si se dan
cuenta.
     
La cara de Gaston cambia en el momento que la ve. Sus ojos se estrechan, y luego se
ensanchan, y sus labios se abren.

Supongo que se dio cuenta.

Lali hace la Sacudida, y su boca se extiende en una sonrisa.

—Hola, La —murmura él—. ¿Te hiciste… algo?
       
Ella poco a poco se sienta en la silla frente a él, metiendo una pierna debajo de
ella. Es hilarante verla en un intento de elegancia, pero le doy locos puntos por sacar
confianza. Si supiera lo mucho que esa misma confianza podría mejorar su apariencia
general…

—¿De qué estás hablando? —pregunta Lali tímidamente—. No he hecho
nada.

Candela levanta la vista de una revista, y su mandíbula cae.

—Santa Madre de Dios, ¿qué hiciste en tu pelo?
    
Lali se ríe, pero hay un poco de nerviosismo allí. Puedo decir que no sabe
cómo responder.

—Mi amiga voló desde Los Ángeles para visitar a su familia —digo—. Es estilista.

Lali me interrumpe.

—Sí, y me arregló el cabello.
      
Candela se levanta de la mesa y camina a nuestro lado. Pasa los dedos por el
cabello de Lali, y sus ojos se ponen frenéticos, como si estuviera preparando una
motosierra.


—¿Qué te puso? No. No, no me importa. Simplemente… ¿cómo lo consigo? —Me
clava la mirada—. Vas a decirme.

—No lo sé. Ella es súper rara acerca de sus secretos profesionales.

—Está bien —dice—. No necesito saber. Sólo dime que soy la siguiente.

—Lo siento —le digo, mis palmas en alto—. Está volando de regreso esta tarde.
     
Candela  actúa como si hubiera atropellado a su gato, lo cual haría si lo viera.
Levanta el cabello de Lali  hasta su nariz e inhala.
     
—Está bien, eso es suficiente. —Aparto el cabello de Lali lejos de ella y le
señalo su asiento.
     
Regresa pisoteando a su silla como si estuviera considerando seriamente darle
una paliza a alguien, o quemar la escuela hasta los cimientos. Algo.

—Can, tu cabello es hermoso tal como es —dice Lali.

Candela apunta su tenedor de plástico hacia Lali.

—No me hables.

Lali se inclina hacia delante, su cara decayendo.

—¿Estás hablando en serio?

Candela  pone los ojos en blanco.
     
—No. Pero será mejor que me llames la próxima vez que Jesús venga a
Peachville.
     
Lali se ríe, pero al mismo tiempo me mira por el rabillo del ojo, como si
estuviéramos compartiendo el secreto de que Jesús realmente vino a este patético
pueblo.

—¿Qué estás leyendo? —pregunto para cambiar de tema.

Candela sostiene en alto la Revista First Shot.
     
—Hicieron todo un número de películas en blanco y negro. Pensé en ver qué
pusieron aquí.


—Entiendes de películas viejas, ¿eh?
     
—Es mi cosa favorita junto con el baloncesto. Hablando de eso, vamos a jugar
después de la escuela hoy. ¿Estás dentro? —Sonríe, luego grita y mira a Gaston
fijamente—. ¿En serio? Eso duele.

—No —digo—. Tengo cosas que hacer.

—Es una pena —dice Gaston en voz baja.
     
Crujo mis nudillos y apunto a su boca murmurando. Estoy tan harto de esta
mierda.

—¿Sabes qué? Cambié de opinión. No me importaría patear algunos traseros
hoy.
     
—Sí. —Cande asiente—. Eso es de lo que estoy hablando. Lali, ¿quieres
venir? Él va a necesitar algunas indicaciones para llegar a su lugar de descanso final.

Lali me lanza una mirada, sin duda sorprendida por lo del lugar de descanso
final.

—Me parece bien —dice—. ¿A qué hora?

—Siete en punto.

Gaston mira a Lali.

—¿Vas a venir?

Ella se encoge de hombros.

—Seguro, ya es hora que les eche un vistazo.
      
Me sorprende que Lali no haya ido antes. Pero por otro lado, supongo que no
es divertido si no tienes un compañero de juego. Con su cojera, dudo que alguien la
deje estar cerca de una cancha.
    
 A medida que el periodo del almuerzo prosigue, veo a una reina de belleza
pavoneándose hacia nuestra mesa. Cuando hace la maniobra de sacudir el cabello, me
doy cuenta que Lali sigue siendo una novata.

Hola —le dice Chica Ardiente a Lali.


Lali levanta la mirada hasta ella.

—Hola.
      
Chica Ardiente se mueve nerviosa por un segundo, como si el estar allí fuera
físicamente doloroso.

—Mis amigas y yo estábamos preguntándonos si te fuiste a la peluquería o algo
así.

Los ojos de Lali brillan.

—Sí, lo hice. Gracias por darte cuenta.

—Uh-huh —dice Chica Ardiente—. ¿A dónde fuiste?

Lali me señala.

—Su amiga de otra ciudad lo hizo.

La chica menea la cabeza.
     
—Qué trágico. No puedo encontrar un estilista para salvar mi vida en este
agujero de mierda. —Suspira—. Gracias de todos modos.
      
Cuando la chica vuelve a su mesa, Lali se vuelve hacia nosotros. Sus ojos son
del tamaño de sandías.

Demonios, claro que sí, pienso. Eso fue perfecto.

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