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jueves, 17 de abril de 2014

Capitulo 26-The collector




Ciudad del Pecado
       
Para cuando aterrizamos en Las Vegas, Lali está dormida. Tenía la cabeza apoyada 
contra la ventana y el cabello derramándose sobre su rostro. Me estiro y lo aparto. 
Ella no siente nada. No ha pasado nada.

El piloto enciende nuevamente el altavoz y se despierta sorprendida.

—Santo cielo —murmura—. Me quedé dormida. ¿Ya llegamos?
     
Asiento, y se inclina hacia delante para saludar a Gaston. Candela está también
dormida, pero a diferencia de Lali, su sueño es menos… dichoso. Ella está
roncando, relamiéndose, y Gaston ha estado poniendo trozos de papel en su boca.
Gaston la sacude rudamente hasta despertarla.

Candela inmediatamente traga, y el papel se ha ido.

—Eso fue tan malo —dice Lali con voz soñolienta.

Candela tose y fulmina a Gaston con la mirada.

—¿Qué has hecho? ¿Acabo de tragar algo?


Gaston tira de ella en un abrazo.

—Eres mi mejor amiga en todo el mundo.

—¡Suéltame, sanguijuela! —dice ella, sonriendo.
      
Bajamos del avión y nos dirigimos al exterior, donde llamo un taxi. En la
distancia, puedo ver la forma distintiva de la pirámide y la luz que se dispara desde su
parte superior. Es un horizonte que he visto muchas veces antes. Al crecer con un
padre que siempre está ausente y una madre de espíritu liberal, fue fácil de hacer lo
que quisiera. Y con más dinero a mi disposición que cualquier niño debería tener, mis
opciones eran interminables. Al pensar en mi vida, es un milagro haber muerto de la
manera que lo hice. Fue tan… decepcionante.
     
—No puedo creer que estemos aquí —dice Lali. Ella está mirando por la
ventana al horizonte a medida que nos alejamos de la acera—. Es increíble.

—Es incluso mejor de cerca —le digo.
     
—No puedo creer que estemos realmente en Las Vegas —suspira Cande—.
Quiero decir, en serio.
     
—Lo sé —dice Gaston. Mira a Lali, aunque sé que él está hablándome a mí—.
Me alegro de que todos viniéramos.

Sonrío.

—Esperen a que lleguemos al hotel.
     
Veinte minutos más tarde, el taxista se detiene en el Hotel V, la nueva joya de Las
Vegas. Le pago al conductor, agarramos nuestras mochilas y nos dirigimos al interior.
El sonido metálico de las máquinas tragamonedas se apresura a saludarnos, y tan
pronto como ponemos un pie en el vestíbulo, Lali  empieza a señalar.
      
Ella mira embobada las paredes que cambian de color cada pocos segundos y la
lámpara hecha de relojes. Roza sus manos por las pequeñas camas, colocadas
estratégicamente que sugieren todo tipo de cosas obscenas. Y, por último, sonríe al
hombre detrás del mostrador, quien esta vestido de cuero desde la cabeza a los pies y
me entrega las llaves de las habitaciones. Me gustaría pensar que su atuendo se debe a
que Halloween es este próximo domingo, pero de alguna manera lo dudo.

Le doy a cada persona su propia llave, y Candela salta de arriba hacia abajo.

—¿Nuestras propias habitaciones? —dice—. No. Te. Pases.


—No lo haré.
      
Nos dirigimos por el pasillo, y Lali mueve las caderas al bombeo pulsante de
la música. Las paredes están forradas de terciopelo rojo, el suelo está decorado con
azulejos negro y blanco. Por encimas de nosotros, discos antiguos cuelgan en un
patrón caótico. Todo el lugar está hecho para ir de fiesta, lo cual es exactamente el por
qué lo elegí.
      
Gaston y yo caminamos al lado del otro. Cada vez que una chica pasa, sus ojos casi
se salen de su cabeza.

Me inclino hacia él y le susurro—: Se ven un poco diferente aquí, ¿no es así?
     
Se endereza, y su cara enrojece, pero actúa como si no sabe de lo que estoy
hablando.
      
Dentro de un ascensor de cristal, pulso el botón del piso treinta, y subimos
disparados. Cada vez que pasamos un nuevo piso, el techo del ascensor cambia de
color. Cande y Lali empiezan a anunciar los colores, como si no lo pudiéramos
ver por nosotros mismos.
      
Cuando llegamos a nuestro piso, las chicas se apresuran a ver sus habitaciones.

Le indico a Gaston la dirección correcta, y él me da una mirada como si le molestara la
guía. No estoy seguro que me tomara ganármelo.

Tampoco me importa.
     
Candela y Lali desaparecen en sus habitaciones por unos sesenta segundos,
luego se echan a correr al cuarto de la otra persona para ver si algo es diferente. Lo es.
Cada habitación tiene una decoración única, aunque el tema de todo el piso es la
vanidad.

No estoy seguro de cómo terminamos en este piso en particular.

Oh, espera, sí, fui yo.
      
Me asomo a la habitación de Lali , y ella está, por supuesto, saltando en su
cama. La pared detrás de la cabecera de su cama está hecha de cristal, y atrás de ella,
la ciudad está reluciente. Cada vez que salta en el aire, la ciudad parece sostenerla allí.
Como si fuera uno de los edificios. Al igual que una radiante nueva atracción.

Candela entra corriendo, pero la detengo en la puerta.

—Oye —le digo—. ¿Te importa si hablo con Lali por un segundo?


Parte de su emoción se desvanece del rostro, pero ella asiente.
     
—Oye, Lali  —ella la llama por encima de mi hombro—. Cuando hayas
terminado de hablar con Peter, ven y llama a mi puerta.
     
—Can, ¿puedes asegurarte de que todo el mundo esté en mi habitación en dos
horas? —le pregunto.
     
—¿Dos horas? Es, como, las nueve en punto. ¿No vamos a hacer nada hasta las
once?
     
—Exacto. Los chicos populares llegan tarde. Esa es la forma en que funciona —

Le guiño un ojo y cierro la puerta.
      
Lali se deja caer en la cama. Parece confundida hasta que cierro la puerta
detrás de Candela y me siento frente a ella en un sofá con dos asientos de color azul
celeste. La elegante enorme sala se viste de gala con espejos. Estos ahogan las tres
paredes que no son de vidrio, e incluso la lámpara está hecha de pequeñas placas de
espejos circulares. Dispersos entre los espejos de la pared hay fotografías de personas
famosas mirando en sus reflexiones. Cubriendo el suelo de baldosas negra, está una
gran alfombra felpuda blanca; y afuera hay un balcón por el cual se puede ver hacia
abajo.

Si este lugar no la hace querer ser bella, no sé qué lo hará.
     
Lali   enrosca las piernas hacia un lado y me mira expectante. Es como si ella
supiera de lo que se trata todo esto.
     
—¿Te gusta? —le pregunto. Recojo una calabaza en miniatura cerca del sofá con
dos asientos, sin duda añadida a la decoración de octubre.

Sus ojos recorren la habitación.

—Es, como, tan exagerado.

—Lo es, ¿cierto?
      
El silencio se cierne entre nosotros. Quiero que pida más belleza. Si puedo
evitarlo, prefiero no presionar. De esa manera, puedo terminar esta asignación con la
conciencia limpia.

Así que espero.

Sus brillantes ojos Marrones atrapan mi atención.

—Peter—pregunta tímidamente—: ¿Por qué nos trajiste aquí?


Empujo mi lengua contra la parte posterior de mis dientes y pienso en cómo
responder. Me decido por la verdad.
     
—Peachville me estaba sofocando. Necesitaba alejarme por un tiempo. Y por qué
no venir con amigos, ¿cierto?

Bueno, la verdad a medias.

Ella aparta migas invisibles de su camisa.

—No fue porque… ¿pensaste en que pediría más si me traías aquí?

Pretendo no saber de qué habla.

—¿Más qué?

Ella sonríe de medio lado y entrecierra los ojos. No me está creyendo.
     
—Oh, más cosas del contrato —digo—. No, no lo hice. Yo sólo quería tener un
buen momento.

Nada más. No digas nada más.

Lali muerde su labio, luego sonríe y asiente.

—Está bien.
     
Y de esa forma, ella me cree. Perturba mi maldita mente lo confiada que es.
Decido aprovechar la oportunidad.

—¿Por qué? ¿Estabas pensando en pedir más?
      
Cruza la habitación y abre la puerta del balcón. Sonidos de la calle inunda el
interior: coches tocando la bocina, la gente gritando y el bombear de la música. Me da
la espalda cuando pregunta—: No sé. ¿Qué piensas tú?
     
Pongo mis codos en las rodillas y me inclino hacia delante, tratando de actuar
casual.
     
—Quiero decir, supongo que si ibas a pedir más, por qué no hacerlo aquí,
¿verdad?
     
Desde aquí, parece que sus hombros se tensan. Pero decido que estoy
imaginando cosas.

Se da la vuelta llevando una sonrisa.


—Tal vez lo haga. ¿Por qué no?
    
—¡Genial! Bueno —Me levanto y camino hacia ella. Pongo mis manos sobre sus
hombros—. Sólo se vive una vez, Lali. Tú y yo sabemos eso mejor que nadie.
     
Un destello de dolor pasa volando a través de sus ojos, y mi pecho se aprieta. La
sacudo con suavidad por los hombros.

—Oye, sabes que no quise decir nada con eso.

—Sí, lo sé —Ella asiente, aunque su mirada cae al suelo—. Sólo se vive una vez.
      
—Exactamente. ¿Qué tal esto? Vístete, y los llevaré a ti y tus amigos esta noche a
la ciudad. Les voy a mostrar lo que significa ir de fiesta.

—No tengo nada que ponerme.
      
Observo su arrugada camiseta, jeans y las zapatillas rotas por completo. Ella
tiene razón.

Levanto su barbilla hasta que su mirada encuentra la mía.

—No te preocupes por eso —le digo—. Yo me encargo, nena.

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