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jueves, 17 de abril de 2014

Capitulo 24 - The collector




Las Ideas Se Están Tramando

El miércoles por la mañana me despierto con un sobresalto. Me doy cuenta de que 
estoy a mitad de camino de mis diez días, y no he progresado mucho. Tengo que acelerar
 las cosas. El problema es, que puedo decir que estoy dándole largas.

Aunque no voy a admitir eso.

Cuando llego a la casa de Lali, la abuela abre la puerta. Ella está vestida con su
kimono de seda, actuando como si anoche no pasó nada. Como si casi no estiró la pata.

—Hola —dice ella—. Lali se fue con Gas a la escuela.

Cruzo los brazos frente a mi pecho.

—Oh, ¿sí?

Ella asiente.

—Entonces —digo.


El Sr. Incomodidad aparece entre nosotros, enciende un cigarrillo, se acomoda. Es el
mismo hijo de puta que se presenta después de haber tenido sexo con un extraño.
La abuela rompe la tensión al sonreír. Me da una palmada en el hombro.

—No te preocupes, hijo. No le diré a nadie que tienes un corazón.

Trato de igualar su sonrisa, pero mi boca no coopera. En su lugar digo:

—¿Qué pasa contigo?

Ella toma una brusca respiración y mira por encima de mi hombro hacia el bosque.

—Intoxicación alimenticia.

—Aja. —Paso una mano a través de mi cabello—. ¿Cuándo le vas a decir a Lali
sobre esa intoxicación alimenticia? Así como, para que no la agarre por sorpresa.

Sus ojos de color gris azulado se mueven rápidamente hacia mi rostro.

—Esa chica ha tenido suficiente.

Sostengo su mirada. Lali ha tenido suficiente. Sin embargo, ella sabe que algo está
sucediendo con la abuela. Pero no todo. Y merece saberlo. Pero decido que no me
corresponde.

La abuela todavía está fulminándome con la mirada, así que asiento.

—Supongo que tienes razón. Nos vemos.

Su rostro se anima.

—Nos vemos, guapo.

Las clases pasan lentamente, y no puedo encontrar un segundo libre para hablar con
Lali. El tiempo entre clases de alguna manera parece más corto, y por enésima vez,
maldigo el tener que estar en la escuela.

Cuando el almuerzo —y la dulce libertad— finalmente llega, encuentro a Lali y a su
clan en la mesa de siempre.


Las pestañas de Lali son largas con rímel negro, y por encima de ellas, un brillante
color dorado parduzco se extiende sobre sus párpados. Es la primera vez que he visto
un poco de maquillaje sobre ella.

Se ve bien.

Ella se ve bien.

Pero todavía no estoy seguro de que fuese necesario.

La cafetería está animada por el alboroto, y los sonidos de voces excitadas perforan
mis tímpanos. Es el maldito baile de Halloween. Ha sido así durante toda la semana,
chicos cachondos y chicas despistadas saliendo a las carreras para encontrar citas y
comprar las entradas durante su preciosa hora social.

Guácala.

—Esa es una cara terrible. —Candela dibuja un círculo en el aire para hacer
referencia a mi rostro—. ¿Cuál es el problema? Luces como si estuvieses a punto de
cagar tu pañal.

Me dejo caer al lado de Lali y digo:

—Es eso. —Señalo la mesa de boletos cubierta de negro y naranja.

—¿No vas a los bailes? —pregunta Candela—. ¿Es porque no puedes bailar?

Me inclino hacia delante.

—Confía en mí, puedo…

—Está bien. —Ella cabecea hacia Gaston—. Gas no puede bailar ni para salvar su vida.

Miro de reojo a Gaston pero él sólo se encoge de hombros y sigue con su sándwich de
mermelada y mantequilla de maní.

—Candela, tengo movimientos que te derrotarán —digo—. Es sólo que detesto las
funciones escolares.

Le doy un codazo a Lali pidiendo refuerzos. Ella entierra la mano en su bolsillo,
luego lanza Skittles en su boca. Se queda quieta.

—¿Lali? ¿Te gusta ese tipo de cosas? ¿Los bailes? ¿Mierda escolar creada porque es
una alternativa segura para los chicos? —Termino con comillas en el aire.


—Ella es una chica, ¿no es así? —pregunta Candela—. Nosotras las chicas estamos
preconectadas para que nos gusten las cosas que los hacen a ustedes sufrir.

Esto no es bueno. No voy, repito, no voy a ese maldito baile. Por otra parte, no estoy
seguro por qué estoy preocupado. El baile es en tres días. Para entonces, tendré el
alma de Lali  toda envuelta con un gran lazo rojo. Sólo tengo que darle una razón
para pedir más cambios de belleza.

—Si quieren ir a una fiesta, ¿por qué no vamos esta noche? ¿Por qué tenemos que
esperar hasta el sábado?

Candela le da un vistazo a Gaston, luego a mí.

—¿Qué tienes en mente?

Mierda. ¿Qué es lo que yo tengo en mente?

—Algo genial —digo, dándole un rodeo—. ¿Qué tal si los recojo en el frente después
de la escuela?

Lali sonríe, y Gaston asiente, pero de Candela no está convencida… lo que me
sorprende.

—¿Por qué deberíamos ir a algún lado contigo? —dice.

—Vaya. Está bien. ¿Hice algo?

—Es lo que no hiciste. —Ella cabecea hacia Lali.

Examino a Lali, pero no tengo idea de lo que Candela está hablando.

—Sus gafas —dice Gaston—. Ya no usa gafas.

Oooh. Es cierto. No se supone que lo sepa. Debería estar sorprendido. Debería estar
todo Lali, ¿dónde están tus gafas? ¡Te ves genial!

Miro a Lali y finjo sorpresa.

—Oh, vaya. ¿Dónde están tus gafas? ¡Te ves genial!

Ella me da una sonrisa de complicidad y dice:

—Esta mañana recibí lentes de contacto como regalo anticipado de Halloween de
parte de la abuela.


—¿Regalo de Halloween? —digo—. ¿Eso existe?

—Totalmente —dice Lali.

—Para nada —dicen Candela y Gaston.

Me concentro en Candela.

—¿Estamos bien? ¿Estás dentro ahora?

Ella inclina la cabeza hacia un lado como si estuviera considerándolo. Luego sonríe y
dice:

—Dentro como una hija de puta.

Cuando el almuerzo termina, Lali se voltea hacia mí, esperando que la acompañe a
clase como hago siempre. Pongo mi mano en su cintura, sorprendido por la ligera
curva que siento.

—Voy a hacerme cargo de algunas cosas. Te veo afuera después de la escuela. ¿Está
bien?

—¿Te vas a saltar las clases? —pregunta.

—¿Eso es tan sorprendente?

Ella se ríe y niega con la cabeza.

—Supongo que si estás muerto, no te asusta el no terminar tus estudios.

—No, cariño, no me asusta. —La dejo ir y me dirijo afuera. Tengo cuatro horas para
idear algo que hará que Lali ruegue por sacarle provecho a ese contrato. Y tengo
una maldita buena idea tramándose.

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