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El miércoles por la mañana me despierto con un
sobresalto. Me doy cuenta de que
estoy a mitad de camino de mis diez días, y no he
progresado mucho. Tengo que acelerar
las cosas. El problema es, que puedo
decir que estoy dándole largas.
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Aunque no voy a admitir eso.
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Cuando llego a la casa de Lali, la abuela abre la
puerta. Ella está vestida con su
kimono de seda, actuando como si anoche no pasó nada.
Como si casi no estiró la pata.
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—Hola —dice ella—. Lali se fue con Gas a la escuela.
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Cruzo los brazos frente a mi pecho.
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—Oh, ¿sí?
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Ella asiente.
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—Entonces —digo.
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El Sr. Incomodidad aparece entre nosotros, enciende un
cigarrillo, se acomoda. Es el
mismo hijo de puta que se presenta después de haber
tenido sexo con un extraño.
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La abuela rompe la tensión al sonreír. Me da una palmada
en el hombro.
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—No te preocupes, hijo. No le diré a nadie que tienes un
corazón.
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Trato de igualar su sonrisa, pero mi boca no coopera. En
su lugar digo:
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—¿Qué pasa contigo?
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Ella toma una brusca respiración y mira por encima de mi
hombro hacia el bosque.
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—Intoxicación alimenticia.
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—Aja. —Paso una mano a través de mi cabello—. ¿Cuándo le
vas a decir a Lali
sobre esa intoxicación alimenticia? Así como, para que
no la agarre por sorpresa.
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Sus ojos de color gris azulado se mueven rápidamente
hacia mi rostro.
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—Esa chica ha tenido suficiente.
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Sostengo su mirada. Lali ha tenido
suficiente. Sin embargo, ella sabe que algo está
sucediendo con la abuela. Pero no todo. Y merece
saberlo. Pero decido que no me
corresponde.
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La abuela todavía está fulminándome con la mirada, así
que asiento.
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—Supongo que tienes razón. Nos vemos.
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Su rostro se anima.
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—Nos vemos, guapo.
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Las clases pasan lentamente, y no puedo encontrar un
segundo libre para hablar con
Lali. El tiempo entre clases de alguna manera parece
más corto, y por enésima vez,
maldigo el tener que estar en la escuela.
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Cuando el almuerzo —y la dulce libertad— finalmente
llega, encuentro a Lali y a su
clan en la mesa de siempre.
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Las pestañas de Lali son largas con rímel negro, y
por encima de ellas, un brillante
color dorado parduzco se extiende sobre sus párpados. Es
la primera vez que he visto
un poco de maquillaje sobre ella.
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Se ve bien.
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Ella se ve
bien.
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Pero todavía no estoy seguro de que fuese necesario.
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La cafetería está animada por el alboroto, y los sonidos
de voces excitadas perforan
mis tímpanos. Es el maldito baile de Halloween. Ha sido
así durante toda la semana,
chicos cachondos y chicas despistadas saliendo a las
carreras para encontrar citas y
comprar las entradas durante su preciosa hora social.
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Guácala.
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—Esa es una cara terrible. —Candela dibuja un círculo
en el aire para hacer
referencia a mi rostro—. ¿Cuál es el problema? Luces
como si estuvieses a punto de
cagar tu pañal.
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Me dejo caer al lado de Lali y digo:
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—Es eso. —Señalo la mesa de boletos cubierta de negro y
naranja.
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—¿No vas a los bailes? —pregunta Candela—. ¿Es porque
no puedes bailar?
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Me inclino hacia delante.
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—Confía en mí, puedo…
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—Está bien. —Ella cabecea hacia Gaston—. Gas no puede
bailar ni para salvar su vida.
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Miro de reojo a Gaston pero él sólo se encoge de hombros y
sigue con su sándwich de
mermelada y mantequilla de maní.
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—Candela, tengo movimientos que te derrotarán —digo—.
Es sólo que detesto las
funciones escolares.
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Le doy un codazo a Lali pidiendo refuerzos. Ella
entierra la mano en su bolsillo,
luego lanza Skittles en su boca. Se queda quieta.
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—¿Lali? ¿Te gusta ese tipo de cosas? ¿Los bailes?
¿Mierda escolar creada porque es
una alternativa
segura para los chicos? —Termino con
comillas en el aire.
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—Ella es una chica, ¿no es así? —pregunta Candela—.
Nosotras las chicas estamos
preconectadas para que nos gusten las cosas que los
hacen a ustedes sufrir.
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Esto no es bueno. No voy, repito, no voy a
ese maldito baile. Por otra parte, no estoy
seguro por qué estoy preocupado. El baile es en tres
días. Para entonces, tendré el
alma de Lali toda envuelta con un gran lazo rojo.
Sólo tengo que darle una razón
para pedir más cambios de belleza.
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—Si quieren ir a una fiesta, ¿por qué no vamos esta
noche? ¿Por qué tenemos que
esperar hasta el sábado?
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Candela le da un vistazo a Gaston, luego a mí.
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—¿Qué tienes en mente?
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Mierda. ¿Qué es lo que yo tengo en
mente?
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—Algo genial —digo, dándole un rodeo—. ¿Qué tal si los
recojo en el frente después
de la escuela?
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Lali sonríe, y Gaston asiente, pero de Candela no
está convencida… lo que me
sorprende.
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—¿Por qué deberíamos ir a algún lado contigo? —dice.
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—Vaya. Está bien. ¿Hice algo?
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—Es lo que no hiciste. —Ella cabecea hacia Lali.
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Examino a Lali, pero no tengo idea de lo que
Candela está hablando.
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—Sus gafas —dice Gaston—. Ya no usa gafas.
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Oooh. Es cierto. No se supone que lo sepa. Debería estar
sorprendido. Debería estar
todo Lali,
¿dónde están tus gafas? ¡Te ves genial!
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Miro a Lali y finjo sorpresa.
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—Oh, vaya. ¿Dónde están tus gafas? ¡Te ves genial!
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Ella me da una sonrisa de complicidad y dice:
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—Esta mañana recibí lentes de contacto como regalo
anticipado de Halloween de
parte de la abuela.
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—¿Regalo de Halloween? —digo—. ¿Eso existe?
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—Totalmente —dice Lali.
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—Para nada —dicen Candela y Gaston.
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Me concentro en Candela.
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—¿Estamos bien? ¿Estás dentro ahora?
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Ella inclina la cabeza hacia un lado como si estuviera
considerándolo. Luego sonríe y
dice:
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—Dentro como una hija de puta.
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Cuando el almuerzo termina, Lali se voltea hacia mí,
esperando que la acompañe a
clase como hago siempre. Pongo mi mano en su cintura,
sorprendido por la ligera
curva que siento.
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—Voy a hacerme cargo de algunas cosas. Te veo afuera
después de la escuela. ¿Está
bien?
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—¿Te vas a saltar las clases? —pregunta.
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—¿Eso es tan sorprendente?
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Ella se ríe y niega con la cabeza.
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—Supongo que si estás muerto, no te asusta el no
terminar tus estudios.
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—No, cariño, no me asusta. —La dejo ir y me dirijo
afuera. Tengo cuatro horas para
idear algo que hará que Lali ruegue por sacarle
provecho a ese contrato. Y tengo
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