Páginas

miércoles, 9 de abril de 2014

Capitulo 19 - The collector















La línea De Puntos
Por un momento, me quedo mirándola. Estoy como, sin palabras. Nunca pensé 
que oiría esas palabras, estoy lista. Pero Lali había tenido un duro g|olpe el último par de días, ¿y qué dijo Nico ayer por la noche?

La gente cambia cuando pasa algo jodido.

—¿Peter? —pregunta—. ¿Todavía tiene esa cosa del contrato?

Asiento.

—¿Puedes explicarme cómo funciona otra vez? Esta vez voy a escuchar.
Mis cejas se levantan, y asiento otra vez.
    
 —¿Esta aquí, en alguna parte? —Ahora es ella la que me mira. Puedo decir que
estoy enloqueciendo al no responder. Tengo que sacarlo antes de que se arrepienta.

—Sí —le digo finalmente—. Sí, está en el auto. Voy por él.
     
Se mete de nuevo en la cama, mientras me deslizo en mis Chucks rojas. Trato de
no notar la forma en que sus muslos presionan contra el colchón.

—Ya vuelvo —digo, pero no dice nada.


Troto hacia el auto. En mi interior, tengo esta extraña sensación. Como si una
chica completamente perdida me acabara de pedir que consiga condones y estoy de
acuerdo.
     
Saco el contrato de la guantera de Elizabeth Taylor, luego regreso adentro.

Porque se me olvidó la llave, tengo que golpear y esperar fuera de mi habitación hasta
que Lali abre la puerta.

Sus ojos se posan en el contrato cuando entro y me siento en la cama.

—¿Entonces cómo es? —pregunta—. Firmo... ¿y me hacen bonita?
     
Desenrollo el contrato y trato de no parecer desorientado, a pesar que así es
exactamente como me siento. No sé más de lo que ella sabe.
       
El contrato tiene un lugar para nuestros nombres y más o menos explica que
para cada petición que hace se perdiere un pedazo de su alma. Bueno, parece bastante
fácil.
    
—Parece que sólo tienes que firmar y luego pedir lo que quieras. —Me encojo de
hombros—. Y supongo que te lo concedemos.

—¿Cómo, no estás seguro? —dice.
      
Levanto mi voz y me enderezo, con la esperanza que crea en mi forzada
confianza.

—Estoy seguro. Es muy simple. Lo hacemos todo el tiempo.

—¿En serio?

—Por supuesto.

Me pide el contrato y se lo doy. Sus ojos pasan sobre las palabras.
    
—No dice mucho, ¿verdad? Uno pensaría que por algo como esto, habría un
montón de cosas legales.
     
—Nos gusta hacer las cosas fáciles. —Espero que mi uso del nos suene como si
supiera lo que estoy haciendo.
     
—Así que todo lo que hago es firmar y luego, ¿hago mis peticiones? ¿Y cuando
haya utilizado todos mis deseos o lo que sea, van a tomar mi alma?


—Exactamente. —Saboreo ácido de la parte posterior de la garganta.
      
Pone el contrato sobre la mesita de noche entre nosotros y exhala fuertemente.
Realmente la miro en este momento: su pelo rizado castaño, finito, cuerpo sin curvas y
mala piel. Estas cosas hacen que parezca normal en el mejor caso. Pero hay otras cosas
que no había notado antes. Cosas que no puedo dejar de observar ahora que está
considerando esto. Cosas como los pómulos amplios, modelos matarían por ellos. Y su
cuello, largo y elegante, como si estuviera destinada a llevar zapatillas de ballet. Y, por
supuesto, su boca. Que siempre he pensado que es hermosa.

Quiero decir, pasable.

Eso fue raro.
      
Mis hombros se ponen tensos cuando pienso en todo esto del contrato. Lali
es la única chica que he conocido que ama a su vida. Como si realmente la amara. Y
ahora va a cambiar. Todo porque el Jefe quiere su alma.

Y porque yo quiero un ascenso.
     
 Quiero preguntarle por qué cambió de opinión. Estoy seguro que toda su vida
elegiría lo mismo, entonces ¿qué es diferente ahora? Pero tengo miedo de presionarla.
Asustado de que si hablamos, vaya a cambiar de opinión. Asustado, de lo que podría
decirme.
    
 Abre el cajón de la mesita y saca un bolígrafo. Estoy a punto de decirle dónde
firmar, pero encuentra la línea por su cuenta y pone el bolígrafo ahí. Duda y me mira.
Hay algo extraño en la forma en que está sosteniendo mi mirada, como si acabara de
recordar por qué está haciendo esto. Me pregunto si puede notar que estoy
conteniendo la respiración.

—Gracias por esto, Peter—dice—. Siento haberme enojado antes.
    
 Su bondad es demasiado. Me estiro para tomar el bolígrafo de su mano, pero
antes que pueda, escribe su nombre en la línea de puntos: Mariana Esposito.

Me da el contrato y el bolígrafo, con una sonrisa de oreja a oreja.

—Tu turno.
    
Tomo las cosas de sus manos, cruzo la habitación, y las pongo en el tocador. No
puede ver la expresión de mi cara, la que quiero arrancar con mis uñas. No hay


ninguna razón por la que debería sentir esto... culpa. Soy un coleccionista. Esto es lo
que hago. No conozco otra cosa.
     
Por un segundo, me pregunto si puedo detener esto. Tal vez si no firmo, podría
detener todo este calvario.

—¿Peter? —dice desde la cama. Su voz está llena de preocupación.
     
Me doy vuelta y la enfrento, y debe darse cuenta de la lucha en mi rostro, porque
su boca y sus ojos se abren.

—¿Qué es? —pregunta—. ¿Hice algo mal?
      
No puedo soportar el sonido de su voz. No puedo soportar la forma en que me
mira. Y no puedo soportar la basura que me hace sentir.

Golpeo el bolígrafo y firmo antes que pueda pensarlo.

Se acabó.

Está hecho.
     
Mis labios se tiran hacia arriba en una media sonrisa, y miro hacia atrás, a
Lali. Está esperando que le diga que está bien. Así que lo hago.

—Hiciste lo correcto.
     
Asiente y sonríe, pero sus ojos encuentran el piso. Entonces es como si algo se le
ocurriera. Salta de la cama y corre al baño, cojeando y chocando conmigo en el camino.

—¿A dónde vas? —grito.
      
Recorro la habitación pensando que me he perdido algo, y luego voy tras Lali.

Ella se inspecciona en el espejo, girando su cara de lado a lado. Parece entusiasmada al
principio, pero luego su boca se inclina hacia abajo.

Mira mi reflejo.

—No funcionó.

Lamo mis labios.

—Creo que tienes que pedirlo para que suceda.


—Sin embargo, lo hice.

—¿Cuándo?

—Cuando estaba ahí —dice—. Justo después que firmaste.
Froto la parte trasera de mi cabeza.
    
 —No oí nada. Tal vez tienes que decirlo más fuerte. —¿O tal vez tienes que
enviarlo por fax? O por correo a través de tortugas marinas. Quién sabe.
     
—¿Crees que tengo que decir lo que quiero en voz alta? —dice—. Eso es algo
vergonzoso.

—¿No lo dijiste en voz alta?

—No, yo sólo... oré por eso. A Dios, ya sabes.


Oh, no.
      
—Creo —empiezo. Cuidado, Peter—, creo que hay que decirlo en voz alta, como
a un testigo. Es probablemente por eso que ambos tuvimos que firmar.

Sí, eso sonó bien.

A continuación, pasa junto a mí de regreso a la habitación.

—Bueno, voy a decirlo en voz alta.
     
—Está bien. —Me siento frente a ella, y aunque todavía siento una punzada de
culpa, no puedo evitar sentirme emocionado por presenciar esto. Va a ser hermosa.

Mariana Esposito... va a ser hermosa.

Dobla las manos en su regazo, cierra los ojos y abre la boca.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario