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—¿Qué quieres, Rubia? —pregunto impaciente.
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—¿Qué estabas
haciendo ahí? —El rostro de Eugenia luce tenso, como si se
estuviera imaginando lo peor.
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—Si estabas tan preocupada por ello, ¿por qué no llamaste?
—le replico.
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Pone una mano en su cadera.
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—¿Vamos a hacernos preguntas entre sí toda la noche?
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—No lo sé, ¿lo
haremos? —Deslizo mi llave de plástico en la ranura, y mi puerta
se abre—. Por todos los medios, por favor, entra y haz el
resto de mi noche
insoportable. No es que necesite dormir ni nada así.
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Eugenia me sisea
y entra en la habitación. —Todo un listillo. —Una vez dentro,
ella enciende un cigarro y resopla el humo en pequeños anillos
por encima de su
cabeza.
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Deslizo la puerta
de la terraza, y Eugenia se sienta en el sofá de dos plazas de
cuero rojo.
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—Esos cigarrillos parecen mágicamente deliciosos. ¿Te importa
compartir?
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Rebusca en su
bolso el paquete y lo lanza en mi dirección. Saco uno y le pido el
encendedor. Ella lo arroja también.
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—Así que vamos
a terminar esto. ¿Cuál es tu problema, Entrepierna de Fuego?
—Enciendo mi cigarrillo y me tumbo sobre la cama, cruzando
mis zapatillas
deportivas rojas a nivel del tobillo—. Tienes, obviamente,
algo en el pecho además de
silicona barata.
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Eugenia cubre inconscientemente sus senos.
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—Mis chicas no son falsas.
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—Sí, nunca harías eso. De lo contrario los chicos caerían
rendidos ante ti.
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Ella se endereza.
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—Yo no necesito atención masculina.
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—Por favor. Lo peor que te sucedió al morir fue dejar a tus
novios atrás.
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Una llama ardió
muy brillante en sus ojos, mi sangre se volvió fría de repente.
Cada músculo de su cuerpo está rígido, y su mandíbula tensada
tan fuerte, que temo
que podría morderse su propia lengua.
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—Peter Lanzani,
hay una cosa de la que nunca vamos a hablar de nuevo, y es
esta: mi relación cuando estaba viva. Pero voy a decirte
esto ahora: Yo amé a mi
prometido con una ferocidad que te atrevo a desafiar.
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—Lo que tú digas.
—Trato de seguirle el juego, pero hago una nota mental de no
discutir lo del prometido de nuevo, para que no me estrangule
mientras duermo.
Tomo una calada de mi cigarrillo y miro a lo largo de mi
cuerpo hasta ella. Ella está
mirándome fijamente, así que le disparo mi mejor sonrisa
come-mierda.
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—Eres un cerdo.
—Eugenia arruga la nariz y hace ruidos roncos de cerdo. Todo en
ella es perfecto y reluciente, por lo que no puedo evitar
reírme de cómo ya me he
metido en su mente. Bien. Después de hacer que mis números
de colección se
tambalearan, se lo merece. Sin embargo, ya es tarde, estoy
listo para golpear el saco. Y
admito que estoy más allá de curioso por saber por qué está
aquí, en la tierra,
vigilando a Lali.
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—Basta ya —le digo—. Esto se está haciendo cansado. Empieza
a hablar.
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Eugenia busca un
lugar para botar la ceniza de su cigarrillo, y luego opta por el
suelo. Genial.
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—He venido a ver a lali —dice ella—. Ya lo sabes. Lo que
no sabes es por
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qué.
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—No. Puedes parar
justo ahí. —Me siento en la cama—. Yo no quiero saber.
Tengo un trabajo que hacer, Rubia, y tengo la intención de
terminarlo. No tiene nada
que ver con si quiero o no. Es su culo o el mío. Y ¿adivina
qué? Elijo el mío. Así que
decirme qué es lo que estoy destruyendo en el proceso no
retrasará las cosas,
¿comprendes?
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Eugenia sonríe. —Suena como si tuvieras un poco de conciencia.
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Arrojo mis manos en el aire.
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—Sí, eso es exactamente lo contrario de lo que acabo de decir.
No. Me. Importa.
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—Es por eso que
la tratas como si estuviera hecha de cristal y atacas a
cualquiera que trate de romperla.
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Pienso en lo que acaba de decir, y me doy cuenta
que debe haberme visto
golpear el culo de ese tipo y amenazar a Maria en la Secundaria
Centennial. Recorro
mi lengua por mis dientes. Cuidado con lo que dices. Recuerda en qué lado estás;
en el
lado del que nadie escapa.
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Eugenia cruza y descruza las piernas, esperando a que responda.
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—Tengo toda la noche.
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Trago fuerte,
y luego sonrío como si estuviera a punto de dejarle saber un
secreto maravilloso.
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—¿Sabes por qué
soy el mejor coleccionista? Porque sé cómo jugar el juego. Yo
simplemente juego para ganar. ¿Entiendes? Hago lo que sea
necesario. —Me inclino
hacia delante—. Y me refiero a lo que sea. —Entonces
me río como si fuera la cosa más
divertida que he dicho, porque sé que va a ayudarme a ganar
por lo que es; lo cual es
una gran y asquerosa mentira.
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Eugenia me mira fijamente, tratando de decidir si estoy diciendo
la verdad.
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—No eres tan bueno, Peter.
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—¿No es así?
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Ella le da una
larga calada al cigarrillo y lo arroja a la terraza. Desde donde está
sentada, en realidad es bastante impresionante.
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—¿Crees que conoces
a esa chica? —Sus ojos se estrechan en rendijas—. No
sabes nada. No tienes ni idea de lo que es capaz de hacer,
¿verdad?
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—No pienso repetirte que no…
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—Pero sí, Peter.
Te importa. Lo veo en la forma en que la miras. No eres un
actor. No eres más que algún Coleccionista fracasado que
está aterrorizado de
molestar a su jefe. Así que estás haciendo lo que sabes hacer,
optar por ser el número
uno. Porque todo se reduce a tu promoción, ¿no? ¿Conseguir
un boleto para salir del
infierno?
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Cierro la mandíbula de golpe, el sonido del chasquido me
delata.
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Eugenia niega con la cabeza.
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—Incluso el mejor
hombre de Lucifer no quiere tener nada que ver con él. ¿Y por
qué tú lo harías? ¿Quién querría tener algo que ver con ese
lugar? —Ella frunce el
ceño—. Sólo espero que sea lo suficientemente malo como para
justificar lo que estás
sacrificando.
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—Tú. No. Sabes.
Nada. —Mis palabras marchan como soldaditos de plomo—. No
tienes idea de lo que es estar allí abajo.
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—No, no la tengo
—concuerda—. Y tú no sabes lo que estás destruyendo al
completar esta misión.
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Quiero demostrarle
a Eugenia que no me importa. No importa lo que Lali es o
no es, porque siempre voy a elegir la vida fuera del infierno.
Pero también hay una
parte de mí que quiere saber qué es Lali y lo que ella
es capaz de hacer. Porque, a
decir verdad, quiero conocerla. No quiero la culpa de lo
que este conocimiento podría
traer, pero quiero conocerla por completo. Así que me encuentro
con la mirada de
Eugenia y espero a que me diga. No voy a pedirle esta información,
pero sé que va a
decírmelo voluntariamente si me callo. Y así hago.
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Eugenia se levanta
desde el sofá de dos plazas y cruza la habitación, mirando por
la puerta de la terraza abierta.
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—Mariana es especial.
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—Ya eso lo sé.
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Ella me lanza
una mirada que dice que está a un centímetro de atacarme
físicamente. Por extraño que sería verla intentarlo, me callo
y la dejo terminar.
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—Su nacimiento
no fue un accidente. Estaba previsto. No en la forma en que dos
personas se casan, compran una casa, y planifican tener un
bebé. Su nacimiento fue
ordenado por… —Se detiene y apunta hacia arriba. Al parecer
el Gran Hombre se ha
convertido en el nuevo Voldemort, El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado.
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Eugenia se vuelve a la noche fresca de Las Vegas.
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—Lali va a
cambiar la vida de las personas, Peter. Ella va a cambiar su forma
de pensar acerca de sí mismos, su forma de pensar acerca
de sus vecinos. Va a ser…
una herramienta en su plan.
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—¿Una herramienta?
—Me levanto de la cama—. Como, ¿si no vamos por ella,
entonces él lo hará? ¿Y luego la va a usar como un peón para
hacer su voluntad? No.
Eso no va a suceder. Por lo menos de mi parte, voy a tener
mi libertad, y ella va a tener
el resto de su vida para sí misma.
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Eugenia se lanza
rápidamente y cruza la habitación en un soplo. Sus palabras
sisean de su boca.
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—¡Idiota! Ignorante,
idiota egoísta. ¿No lo entiendes? Ya está hecho. Hace
diecisiete años, su nacimiento cumplió su mandamiento. —Ella
pone una mano en el
centro de mi pecho, y una cálida sensación me inunda desde
el punto—. Hace tres
años, Lali comenzó una organización. Esa organización
seguirá creciendo y
floreciendo, y con el tiempo, va a cambiar la cara de la
humanidad. Les recordará a las
personas cómo amar a otros. Les enseñará a que les importe
otra vez.
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—¿Su cosa de voluntariado?
—dije con incredulidad—. ¿De eso es lo que se trata
todo esto? Si es así, entonces estás equivocada. Lo he visto.
Se trata de unos aburridos
chicos intercambiando favores. No es nada.
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—Es todo. Es el principio del fin.
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—¿El fin de qué?
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—Del odio. Los
celos. El egoísmo. Su trabajo, su vida, va a terminar una era de
odio, y dar paso a Trelvator.
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Empujo la mano de mi pecho.
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—Estás inventando palabras ahora.
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—Trelvator significa una era de paz, con una duración de
cien años.
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—Chica, estás jodidamente
loca. Como, verdadero material de psiquiátrico —le
digo—. No hay ninguna manera que la humanidad pueda estar
en paz durante dos
semanas, y mucho menos cien años.
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Eugenia me ignora.
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—Su trabajo va
a conmover a suficiente personas como para crear un fenómeno.
Se sentirá como… Navidad, un día en que las personas son
más amables y generosas.
Salvo que ese día será de un año, y ese año un siglo.
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—Algo sucederá. Una guerra se iniciará, una lucha política
en erupción. Algo.
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—Cosas van a suceder,
pero no harán daño suficiente como para poner fin a
Trelvator. No por ci…
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—Cien años. Cierto.
—Me siento de vuelta en la cama y froto mi mano por mi
mandíbula. Si es posible que Lali va a marcar el comienzo
de una era de paz, ¿no es
eso una razón más que suficiente para que me quede en la
tierra? ¿Por qué elegiría el
infierno por encima del arco iris y algodón de azúcar? Echo
un vistazo a Eugenia—. ¿Por
qué tiene esto que ver con su alma? Si colecciono su alma,
ella va a seguir viviendo.
Todavía puede cambiar el mundo y todo eso.
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Eugenia se aleja, pero aún puedo verla mordiéndose el labio.
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—¡Oh, fantástico!
No lo sabes —le digo—. O la Gran Sabia no tiene ni idea de qué
tiene que ver su alma con todo esto.
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Ella se mueve
al sofá, levanta su bolso y lo jala hacia el hueco de su brazo.
Entonces me da la cara.
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—Tienes razón.
No sabemos lo que el Gran Hombre quiere con su alma. Pero
esto es lo que sé. Algo grande está bajando. Algo más grande
que tú, yo y todos los
otros Coleccionistas y Liberadores. Lali nació para ayudar
a traer la paz a este
mundo, y tu jefe está tratando de destruir eso. Así que recuerda
eso cuando estés
eligiendo bandos, Peter. Recuerda que esto no es sólo acerca
de ella y tú. Es sobre el
destino de la humanidad para los próximos cien años.
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Eugenia se dirige
hacia la puerta, y mi estómago se retuerce hasta que casi no
puedo moverme.
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—No tengo elección,
Rubia. —Mi voz suena grave, incluso para mí—. A quién me
reporto… no funciona de esa manera.
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Se detiene, pero no se vuelve.
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—Algo se acerca, Peter. Y es mejor que te asegures de escoger
el bando correcto.
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Entonces se aleja,
y aunque me lo esperaba, salto cuando la puerta se cierra de
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