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miércoles, 9 de abril de 2014

Capitulo 18 - The collector




Calma Después de la Tormenta

Cuando me doy la vuelta, Lali está ahí. Ella se encuentra en el centro de la
sala, con los brazos rígidos a los costados.

Cierro la distancia entre nosotros y pongo mis brazos alrededor de ella. No tengo 
ni idea de por qué hago esto, pero parece correcto. Apoya la cabeza en mi pecho 
por un momento, y luego tomo su mano.

—Vamos —le digo—. Deja que te lleve a casa.
      
Levanto su barbilla, y cuando da una firme afirmación, pongo la mano en la parte
baja de su espalda y la llevo al estacionamiento. Ella se desliza en el asiento del
copiloto, y arranco el motor. No puedo dejar de pensar en los sellos de color rosa en el
alma de Maria, sobre cómo llegaron allí y por qué Lali se los dio a ella. No cuadra.
Yo sé que ella no sabe nada de su habilidad, pero tal vez sería mejor si lo hiciera. Es
algo que tengo que pensar.

Echo un vistazo a Lali. Su rostro está vacío de emoción.

—¿Quieres hablar de ello?
      
Niega con la cabeza y mira por la ventana. Pero después de unos segundos, ella
se da la vuelta y me mira.

—Voy a estar bien, ya sabes. Yo estaba bien.

Le doy una mirada de dame un respiro y giro hacia la carretera.

—No fue tan malo como podría haber sido —continúa.
     
—¿Ellos se metieron con el apuntador? —Estoy seguro de que tengo razón, pero
quiero que me confirme lo que ya sé.

Lali suspira.
      
—Sí. Fueron muy malos. Tengo la suerte de que mi cerebro se apagó cuando lo
hicieron —Se ríe de sí misma, aunque sé que ella no piensa que es gracioso—. Fue una
manera creativa para hacer de mí una idiota. Voy a darle eso a ella.

—Maria recibirá lo que se merece.

Lali se agita en su asiento. Envuelve sus brazos alrededor de ella, y luego me
mira.

—¿Qué hiciste con ella?

Sé exactamente de lo que está hablando, pero yo opto por hacerme el tonto.

—¿De qué estás hablando?
      
—Quiero decir, he visto el aspecto que tenía cuando te acercaste a ella. ¿Tú…
hiciste algo?
     
Pongo mis hombros hacia atrás. Este es un territorio peligroso. Cuanto menos
Lali  sepa, mejor. Las mentiras son pequeñas bestias resbaladizas.

—Acabo de asegurarme de que no se meta nunca más contigo.

—¿Cómo? —presiona.
     
—De todas formas, ¿Por qué querías hacer esa transmisión? —le pregunto,
esquivando la pregunta—. ¿Qué pasa contigo y estar en la cámara?
     
Lali  muerde sus dedos, y le saco la mano de su boca. Está comenzando a ser
un juego que jugamos.

—Me gustan los reporteros —Es todo lo que dice.


—¿En serio? ¿Por qué?

Ella empieza a poner sus dedos de nuevo en la boca, luego se detiene.

—No lo sé.

—Claro que sí lo sabes. Entonces, ¿qué es? 

Ella sonríe.
      
—No. Es sólo que… no sé. La noche del incendio, todo era muy caótico. Mis
vecinos estaban llorando, los bomberos me pedían describir la distribución de la casa,
y todo era tan ruidoso. Y en medio de todo esto, me acuerdo de esta señora. Su cabello
estaba recogido en una de esas vueltas —Lali hizo movimientos hacia su cabello—.
Y ella… se sentó allí y me sostuvo durante lo que se sintió una eternidad. Por último,
este tipo con una cámara se acerca a ella y le pregunta si está lista. Ella me preguntó si
yo estaría bien solo por un momento, y luego asintió al tipo con la cámara. Pero antes
de que ella se levantara, se quitó la chaqueta del traje amarillo y la puso sobre mí. Así
mismo, ella coloco mis brazos por las mangas y todo. Entonces el chico hizo una
cuenta regresiva, y esta mujer, ella... cobró vida. Mientras observaba, se quedó allí,
tranquila como un pájaro, y le dijo al mundo lo que pasó. Y recuerdo pensar... sí, la
gente debe saber. Ellos deben saber acerca de mis padres. Es importante —Lali me
mira—. ¿Sabes? Era importante, ¿no?

Asiento con la cabeza, y por una vez, le aprieto la mano sin premeditación.

—Sí, lo era.
      
—Por lo tanto, como sea —Ella niega con la cabeza una y otra vez como si
quisiera borrar la tragedia—. Decidí que cuando me hiciera mayor, quería ser como
esa mujer. Decirle a la gente cuando suceden las cosas importantes. Alguien tiene que
hacerlo. De lo contrario, la gente simplemente se olvidaría.
     
Cuando nos detenemos en la casa de Lali, voy a apagar el motor, pero ella me
detiene.

—Peter, quiero estar sola por un rato. ¿De acuerdo?
     
Tengo seis días para cerrar el trato, y no puedo darme el lujo de concederle a
Lali tiempo a solas. Pero no me atrevo a presionarla. Así que digo:

—¿Quieres que me pase esta noche? ¿Para hacer la cena o algo así?


—Se supone que pase el rato con Cande esta noche —responde.
¿Prefiere pasar el rato con Candela que conmigo? ¿Qué demonios?
     
—Eso es genial —le digo—. Tal vez mañana antes de la escuela podamos tomar
un desayuno temprano.

—¿Qué tal si te llamo? —dice.

—Si no lo has notado, no tengo uno.

Ella arruga su nariz.

—¿No tienes un teléfono celular?

—Tampoco tú.

—Sí, pero tú eres, como, millonario o algo así.
     
—Odio los teléfonos celulares —digo—. Siento como que... si quiero hablar
contigo, yo te encontraré.
     
—Bueno, si yo quiero tomar el desayuno mañana, entonces voy a estar aquí. Si
no… —Ella se encoge de hombros, luego se ríe, y estoy feliz de saber que es auténtico.
     
—Voy a estar aquí a las siete y media de mañana —le digo—. Tal vez tendré
suerte.
     
Eso no salió bien. Pero sin preocupaciones. Se queda anclado directo en su
cabeza.
     
Pienso que estamos bien aquí. Que Lali está de vuelta en un estado “feliz y
despreocupado”. Pero cuando la veo dirigirse por el pasillo, puedo ver la forma en que
sus hombros se hunden. Candela no va a venir esta noche. Lo que significa que
Lali va a quedarse sola en esa fea habitación de color rosa donde habita.
      
Miro en mi guantera donde descansa el contrato de alma, sabiendo que es un
momento perfecto para ir por el oro. Ella está débil ahora mismo, susceptible. Debería
entrar y hacerle ver que las cosas podrían ser diferentes para ella. En su lugar, salgo
del pasillo y me dirijo hacia el Hotel Wink. Solo.


Acostado en la cama, me muevo y doy vueltas. Dándome cuenta de que he hecho
esto muchas veces en las últimas tres noches, sobre todo porque no estoy más
adelantado en esta tarea, de lo que lo estuve hace cuatro días. A menos que cuentes
aquel mísero sello que Lali recibió por un robo menor.
    
 En secreto, espero que Nicolas aparezca en este mismo momento y me diga qué
hacer. Aunque yo lo entrené, ahora mismo necesito una segunda opinión. ¿Cómo
consigues que una chica firme un contrato del alma cuando está perfectamente
contenta con su vida?
       
La silenciosa televisión, suspendida en la esquina, arroja un resplandor verde
azulado sobre la habitación. Echo un vistazo al reloj, 1:23 A.M. De alguna manera
encuentro esto divertido, el hecho de que los números son consecutivos. Me quedo
dormido pensando en otras veces que me gustan: 3:33 porque hay tres tríos y 11:11
porque es el único momento con cuatro del mismo número. Mientras relojes en
miniatura daban vueltas detrás de mis ojos, el que está a mi lado sigue haciendo tic
tac, y eventualmente, el sueño me toma.
     
—Peter  —oigo decir a alguien—. Peter, despierta. Dios mío, duerme como un
oso pardo.
      
Unas manos me sacuden, y doy un salto. Lali se encuentra al lado de mi cama,
bañada con la luz del televisor. Ella está jugando con su labio inferior entre los dientes
y las mejillas son de color rojo brillante.
     
—Lali Esposito —digo, frotando mi cara—, ¿qué estás haciendo aquí? Me has
pegado un gran susto.
     
—¿Peter el Coleccionista con miedo? ¿De mí? —Es broma, pero su rostro se
arruga con preocupación.
     
—¿Cómo conseguiste llegar hasta aquí? —Lanzo las mantas, cruzo la habitación,
y excavo a través de mi bolsa de viaje por pantalones vaqueros y una camiseta.

Aunque estoy medio dormido, me pregunto si ella está chequeándome en mis
calzoncillos tipo boxer. Por otra parte, ¿quién no chequearía esto?
    
 Me aseguro de darle una buena vista de mis tatuajes mientras me pongo los
vaqueros: el dragón que cubre mi espalda; y el árbol que se deriva desde mi codo,


creciendo por el bícep, y ramificándose por encima del hombro. El árbol es estéril y
completamente malvado. Lo sé, porque le especifiqué al tipo del tatuaje que quería
que se viera malvado.
    
—El Señor Stanley me dio una llave en la recepción —responde Lali—. Es
amigo de mi abuela.
     
—¿Así que solo te dio la llave? —Me coloco una camiseta gris Armani sobre la
cabeza—. Pienso que no se les permite ni siquiera decir en que habitación me
encuentro.

Ella rueda los ojos.

—Esto es Peachville, Peter. No Phoenix. O donde vives.
     
Lali se sienta en mi cama, hundiéndose en un montón de sábanas revueltas.

Es extraño verla allí. En mi cama. Donde acabo de estar.

Me siento en la cama de enfrente, y mi rodilla se sacude de arriba hacia abajo.

—Entonces, ¿qué pasa?
      
Ella pasa las manos sobre sus muslos y se queda mirando hacia mí. Sus ojos son
vivos y grandes.

De repente me doy cuenta del porque está aquí.

—Estoy lista —dice ella—. Quiero que me hagas hermosa.

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