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¿cómo?
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—¿Seguro que cómo?
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—¿Vas a responderme o mirar a tus falsas uñas de mierda toda
la noche?
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Sus ojos se encajaron en mi cara.
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—Mis uñas no son falsas. ¿Ahora puedes sentarte antes de
hacer una escena?
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Me siento lentamente,
manteniendo mis ojos fijos en ella como si pudiera sacar
una lengua de camaleón y tragarme.
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—¿Quién eres tú?
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—Ya te lo dije, mi nombre es Eugenia.
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—Sí, ya se eso. —Me inclino hacia adelante—. ¿Cómo hiciste
eso?
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—¿Hacer qué?
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—Deja de evadir
mis preguntas. —Dejé salir un suspiro de frustración— ¿Cómo
tienes sellos?
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Eugenia alza sus
pies en tacón alto y los pone en la mesa. Ella se levanta
delicadamente sus pantalones negros y expone un brazalete
de oro, igual que el mío.
Tan pronto como lo veo, es como si pudiera sentirla como
otro coleccionista. Supongo
que no lo hice antes porque no me lo esperaba. Me acerco
para tocar su brazalete.
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Ella aparta mi mano de un manotazo.
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—Jamás toques el brazalete de una dama sin permiso.
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—Eres una coleccionista —digo en un respiro.
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—Bueno, por supuesto.
—Eugenia baja sus tacones de la mesa y vuelve a cruzar
sus piernas, inclinándose en su silla e inspeccionando el
lugar. Saluda con su mano
vacía, la que no tiene el cigarro, hacia las personas bailando—.
Interesante elección
del club, no es que este sorprendida.
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—Eres nueva. —Lo
afirmo en vez de preguntar. Por alguna razón, no quiero que
sepa cuan despistado estoy.
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Ella asiente sin
mirarme. Entonces su rostro se ilumina como si una idea se le
acabara de ocurrir.
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—Hey —dice—. ¿Quieres bailar?
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—No, no quiero
bailar. Quiero que me digas cuando te convertiste en un
coleccionista, y a quien has sustituido, y quién diablos
te entrenó, ya que se supone
que es mi trabajo.
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Su cara se cae, y levanta una mano a su cabello imposiblemente
rojo.
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—Me aburres.
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—Señorita…
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—¡No! —señala
Eugenia con un dedo delgado en mi pecho—. No soy una señorita.
Soy una mujer.
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Suprimí una sonrisa,
preguntando cuando señorita se convirtió en un término
despectivo.
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—Bien. Mujer…
—Eugenia sonrió y asintió—. Sólo responde a mis preguntas. Sé
que lo harás, o no te hubieses aparecido en el medio de mi
asignación.
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—¿Te refieres a Lali?
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El pelo en la
parte de atrás de mi cuello se eriza. Algo se me está empezando a
ocurrir. A nadie habrían contratado, sin que Nicolas corra y
me diga. Y ningún
coleccionista del Inframundo usaría sellos rosados.
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—Eugenia.
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Me mira.
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—¿Para quién trabajas?
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Eugenia toma una
larga calada a su cigarrillo y sopla el humo por encima del
hombro. Luego sube una uña roja y apunta hacia arriba.
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Sacudo la cabeza y caigo de nuevo en mi silla.
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—Un jodido colector
enviado del cielo. Pensé que el Gran Hombre no estaba en
la onda de usar coleccionistas. Pensé que estaba en la de
la libertad de elección y toda
esa mierda.
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Un tipo musculoso
pasa, tomándose su tiempo para ver el pecho de Eugenia. Ella
le sonríe, luego se vuelve hacia mí.
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—Así es. Nada ha
cambiado. Y somos llamados Liberadores, no Coleccionistas. El
mismo trabajo, mejor jefe.
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—Bien. ¿Por qué
envió a un Coleccionista, eh, Liberador? —pregunto entre
dientes—. Porque si crees que tú y tus malditos sellos van
a estropear esta asignación,
estas más que equivocada.
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—No estoy aquí
para interferir —dice—. Sólo estoy haciendo mi trabajo. Al igual
que tú.
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—¿Entonces qué? ¿Sólo pones tus sellos cuando la gente hace
cosas buenas?
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—Esa es la esencia de esto.
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Llevo mis manos a mi regazo y giro.
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—¿Y no vas a meterte con Lali?
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—No. —Eugenia se lame sus labios—. Pero si pudiera me gustaría derribarte,
como la rata que eres. No sé por qué ustedes no pueden jugar
limpio; ir al Día del
Juicio como todos los demás. Esa chica tenía casi un alma
perfecta. Viviría una
hermosa, honesta vida si sólo hubieses dado marcha atrás.
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Me reí en voz alta.
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—Me acabas de
maldecir. Y obviamente fumas. ¿No se supone que tienes que ser
casi santa?
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Eugenia resopla.
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—Difícilmente.
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Miro a mi derecha
a ver si puedo captar a Lali, pero no está a la vista. Eso no
durará por siempre, sin embargo. Tengo que deshacerme de
esta liberadora.
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—Mira, si no estás
aquí para arruinar las cosas para mí, ¿por qué siquiera te
presentas?
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—Porque no sabes
todo acerca de Lali. Pensé que podía hacerte entrar en
razón.
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—No va a pasar.
—Cruzo mis brazos por encima de mi pecho. Así que Lali no
tiene sellos que pueden destruir los nuestros. Eso significa
que hay otra razón por la
que El Jefe la quiere. Y me he dado cuenta de algo. No quiero
saberlo. En realidad,
mientras menos sepa, mejor. Me ayudará a mantener la cabeza
despejada durante esta
asignación, y la conciencia tranquila—. ¿Ahora puedes ser
tan amable de quitarte del
frente y volver a jugar a la liberadora?
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Eugenia presionó sus labios.
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—Bien. Me iré. Pero recuerda, estaré cerca. Vigilando todo
lo que haces.
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Ella empieza a ponerse de pie, pero entonces le agarro la
muñeca.
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—Fuiste tú. Me has estado siguiendo sin mostrarte.
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Ella mueve la mano como diciendo, ¿Sí? ¿Y qué?
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—Debe volverse
aburrido. —Me burlo—. De pie frente a su casa, y en medio de
las calles y fuera de las tiendas.
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La confusión pasa
detrás de los ojos de Eugenia. Luego sonríe tan ampliamente,
que abruma su cara.
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—Parece que no soy la única que sigue tu rendimiento.
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Me doy cuenta
de inmediato que no ha sido ella a quien he sentido. Al mismo
tiempo, el alivio y el miedo pasan sobre mí. Me alegro de
que el Gran Hombre no me
esté mirando tan de cerca como pensé. Pero, de nuevo, eso
significa que uno de los
nuestros sigue haciéndolo.
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Eugenia camina
a mi lado de la mesa y se inclina a mi oído, su enorme pecho
rozando mi hombro.
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—Eres muy territorial
sobre tu asignación, y ni siquiera sabes dónde está...
justo... ahora…
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Miro hacia Eugenia,
entonces volteo mi cabeza para buscar a Lali. No la veo por
ninguna parte. Esto no me molestó antes, pero algo en la
forma que Eugenia acaba de
hablar dice que sabe algo. Me levanto de la mesa con tanta
rapidez que la silla debajo
de mí se va al piso.
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Mis piernas no
pueden moverse lo suficientemente rápido a la zona de baile.
Empujo cuerpos, tratando de penetrar más profundamente en
la multitud con la
esperanza de encontrarla.
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—Lali—grito,
incluso aunque sé que no tiene sentido. La música es tan
fuerte directamente sobre la pista de baile, que no hay una
posibilidad de que ella me
escuche.
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Veo a Candela bailando con Gaston y hago mi camino hacia
ellos.
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—¿Dónde está Lali? —pregunto.
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Candela mira alrededor, luego apunta por encima de su hombro.
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—Se fue por allá.
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Miro a la dirección que está indicando, pero no veo a Lali.
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—¿Hace cuánto?
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Gaston mira a su reloj de plástico, algo que el estilista debió
haber abordado.
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—Hace diez minutos.
—Mientras dice eso, la preocupación barre en su rostro,
como si no se hubiese dado cuenta de cuánto tiempo había
pasado. Se mueve hacia el
lugar donde debía de haberla visto por última vez, pero lo
detuve.
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—Sólo quédate aquí.
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Voy a la dirección
que indicó Candela y me volteo para ver que Gaston está detrás
de mis talones. Pongo los ojos en blanco y me sigo moviendo.
Un destello Castaño cerca
de la barra hace que me detenga. Es la Sacudida de Cabello.
Mi pregunta es: ¿Para
quién demonios está haciéndolo?
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Paso a la gente
empujándola y estoy a tres metros de ella. Eso es cuando veo al
hombre enjuto y alto flotando sobre ella con una sonrisa
desagradable en su cara.
Lleva una brillante camisa gilipollas, y tiene su mano gilipollas
en la cadera de Lali.
Ella sonríe y se balancea violentamente mientras le alcanza
un vaso lleno hasta el
borde con un líquido negro. El chico casi levanta su mano
a la boca de ella.
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—¡Lali! —grito.
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Demasiado tarde.
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Allí va el líquido negro.

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