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Me
recuesto en la cama y hago todo excepto dormir. Lo que Eugenia dijo
se repite
en mi mente como un carrete de película girando. Lali cambiará el mundo. Lali.
La chica durmiendo sólo a unas puertas abajo, envuelta en un edredón blanco,
probablemente
roncando, probablemente babeando en su almohada. Y ella va
a cambiar
el mundo.
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Con mi centavo
apretado en mi puño, me levanto de la cama y camino de un lado
a otro en el piso. Luego prendo la televisión y cambio de
canal, buscando normalidad.
No hay nada, y nada ayuda.
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Lali no debería
de ser la que esté en esta posición. Ella no debería ser la chica
en medio de una lucha del cielo y el infierno. Pero ella
lo está. Y como dijo Eugenia,
necesito tomar una decisión.
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Y tengo que estar seguro de que tomaré la correcta.
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En orden para
hacer eso, hay cosas de las que me tengo que hacer cargo. Cruzo la
habitación y levanto el teléfono color crema cerca de mi
cama. Suena dos veces antes
de que alguien lo levante en el otro extremo.
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—Conserje. ¿En qué puedo ayudarlo, Sr. Lanzani?
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—Necesito cambiar mis boletos de avión —digo el teléfono.
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—Por supuesto. Tendré a alguien subiendo por los boletos
y tomando sus solicitudes
de cambio. ¿Eso estaría bien?
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Incliné mi cabeza en un puño. —Sí. Eso funcionará. ¿En cuánto
tiempo?
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—Tendríamos a alguien allá arriba en diez minutos.
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—Perfecto. Gracias.
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Cuelgo el teléfono y continúo mis vueltas. Entonces hago
mi cama. Dos minutos
después, la deshago. Cuando el empleado del hotel toca la
puerta, estoy esperando a
menos de quince centímetros. Mis músculos se sacuden con
el sonido. Entonces me
estiro y dejo entrar al empleado. Un tipo de cuatrocientos
años está parado al otro
lado.
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Genial. Enviaron a una especie en peligro de extinción
para hacer mi cambio de boletos.
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—Sabes, creo que he cambiado de opinión. Me los voy a quedar
—digo. No hay forma
de que confíe en un tipo quien probablemente olvide su propio
nombre en el elevador
subiendo. Si el maneja esto, terminaremos volando a Arabia
Saudita.
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—Entonces, uh, puedes regresar ahora.
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El tipo me mira con ojos de contorno púrpura. Sus manchas
de la edad se funden en su
frente, y me imagino mensajes ocultos deletreados en los
patrones.
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—Es porque ¿soy viejo? —dice en una sorpresivamente voz alta.
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—¿Qué? —pregunto, fingiendo asombro. —Ni siquiera sé de lo
que estás hablando.
¿Qué hora es? Necesito ir a la cama. Buenas noches.
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Me muevo para cerrar la puerta, pero él la detiene con su
pie de anciano.
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—Todos me despiden. Nadie quiere sus bolsas cargadas. Nadie
necesita la lámpara de
sus baños revisadas. Y tú... —Me señala con un dedo que estoy
seguro que se
desprenderá. —Ahora tú no quieres tu cambio de boletos.
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El viejo comienza a arrastrar sus pies alejándose por el
pasillo.
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Dejo salir un suspiro y ruedo mis ojos.
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—Oye, espera —digo—. He decidido ir a casa. Entonces supongo
que necesitaré tu
ayuda.
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El hombre se da la vuelta, pero tiene los ojos tristes.
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—Es por lo que dije. Sientes pena por mí.
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—No, es porqué me asustaste, y quiero estar tantos kilómetros
lejos de ti como pueda
—Sus labios se curvan hacia arriba, y con orgullo muestra
los pocos dientes que le
quedan. Tengo una repentina urgencia de darle una manzana.
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—¿Entonces vas a ayudarme?
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—Sí —dice— voy a ayudarte.
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El tipo toma mis boletos de avión y escribe mis cambios con
sorpresiva precisión.
Entonces se va. Una media hora después, llama y confirma
los cambios que ha hecho.
No tengo idea por qué un lugar como el V Hotel le da una
oportunidad a este tipo, pero
supongo que saben lo que están haciendo.
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—¿Puedes pedirme un taxi? —pregunto. No he tenido ningún
problema encontrando
uno aún, pero considerando que son las tres de la mañana,
las cosas podrían ser
diferentes.
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—Inmediatamente, Sr. Lanzani.
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—Peter—digo—, es Peter.
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Cuelgo y camino a través del pasillo. Adentro, Lali y
sus amigos están en La tierra
de Nunca Jamás, pero es hora de despertarlos y rezar que
estén sobrios. Toco en cada
una de sus puertas, ya que están a sólo unos metros.
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Gaston saca su cabeza primero. —¿Eras tú? —pregunta.
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—Sí.
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—¿Qué demonios estás haciendo allí afuera?
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—Despertándolos chicos.
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El frota su rostro por varios segundos, entonces hace un
movimiento como que va a
cerrar la puerta. —Sólo dame unos minutos más —murmura. Está
desorientado por
dormir y por el licor, y sería gracioso bajo diferentes circunstancias.
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—No. Gaston, vas a despertarte. Tenemos un avión que alcanzar.
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Empuja la puerta abriéndola completamente otra vez.
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—¿Estás bromeando conmigo?
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Al otro lado del pasillo, oigo otra puerta abrirse. Es Candela.
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—¿Qué rayos está pasando aquí afuera?
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—Peter dice que vamos a ir a casa —responde Gaston.
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Candela peina con sus dedos su oscuro cabello enredado.
—¿Ahora mismo?
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—Sí, ahora mismo —Me dirijo hacia la puerta de Lali—.
Ustedes dos vístanse, ¿de
acuerdo? Voy a despertar a la Bella Durmiente. Oh, y pueden
conservar la ropa y las
cosas de anoche.
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Candela chilla, y la puerta de Gaston se azota cerrándose.
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Toco otra vez en la puerta de Lali y espero. Cuando ella
abre, me llega una increíble
urgencia de jalarla hacia mí. Su cabello cae en ondas tiradas
por la cama, y su piel
todavía brilla. Cuando ve que soy yo, sonríe. Y creo para
mí mismo que ella es la única
persona a quien puedo despertar a las tres de la mañana y
todavía darme una sonrisa.
Pero tan pronto como la sonrisa aparece, se va, y me pregunto
por qué murió tan
pronto.
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No es extraño verla ahora, incluso sabiendo las cosas que
sé. Pensé que tal vez lo sería,
pero no lo es. Para mí, ella sigue siendo solo Lali, amante
de los Skittles, y de
rebotar en la cama.
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—Oye —digo en voz baja—. Es hora de alcanzar nuestro vuelo
a casa.
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Pone una mano en mi pecho como que no puede evitar tocarme.
Entonces la arrebata
y se retira hacia las mantas negras de su habitación.
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¿Ella recuerda lo que me pidió? ¿Ella sabe?
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La sigo hacia su habitación y enciendo la lámpara de noche.
Lali mira alrededor no
está segura qué hacer.
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—No trajiste nada más que tu mochila, ¿cierto? —pregunto.
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Asiente, y me estoy preguntando por qué no está hablando
en voz alta. Hace que mi
cuello se ponga rígido, y lo tengo que frotar para relajar
los músculos.
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—¿Entonces… estás lista?
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Lali hace contacto visual conmigo pero sólo lo mantiene
por un momento.
Entonces se aleja y se dirige hacia el baño.
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—Sólo dame un minuto, y saldré al pasillo.
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Sólo se enderezó y me hechó, lo que significa que…
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Ella recuerda.
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Salgo por mi propia cuenta hacia el pasillo y encuentro a Candela esperando afuera
de su puerta cerrada. Luce como que fue atropellada por un
semirremolque y
probablemente se siente parecido.
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—¿Conseguiste tu bolsa? —pregunto.
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Se gira para mostrarla montada en su espalda. Entonces dice:
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—¿Qué está haciendo Lali?
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Odiándome por algo que ni siquiera sabía lo que
era, como, la primer cosa buena que
alguna vez he hecho.
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—Está juntando sus cosas —digo—. Estará afuera en un segundo
—Mi mente vuelve a
Lali, preguntándose qué está pensando y cuánto tiempo
se va a esconder en su
habitación. Pero el sonido de Gaston corriendo hacia el pasillo
roba mi atención.
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—¿Dónde está Lali? —pregunta.
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Candela y yo señalamos hacia su puerta cerrada.
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Los rizos de Gaston están alborotados en un afro. El frota
sus manos sobre ellos,
tratando de pelear con ellos para ponerlos en su lugar.
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—¿Por qué nos estamos yendo en medio de la noche? Pensé que
nos diste notas para
las clases así podíamos saltárnoslas y, tu sabes, dormir.
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—Cambio de planes. Si nos vamos ahora, pueden volver antes
del segundo periodo. —
contesto mientras la puerta de Lali rechina abriéndose.
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Me echa un vistazo, pero sus ojos se apartan y aterrizan
en sus amigos. En la gente que
ella entiende.
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—Lo siento. No sabía que estaba haciendo esperar a todos.
Solo estaba recogiendo mis
cosas.
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—No, está bien —digo rápidamente, preguntándome porque tengo
que decir algo en
absoluto. Me muevo hacia ella y trato de tomar su mochila
color verde lima de sus
hombros. La jala de vuelta.
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—Lo tengo —dice.
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Muerdo mi labio inferior y me dirijo hacia el elevador sin
decir otra palabra. Bajamos
en silencio, y se siente como todas las otras veces que he
dejado Las Vegas,con el peso
de la vergüenza y culpa amarrada a mi espalda.
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El anciano me saluda en el vestíbulo.
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—Sr. Lanzani…, Peter, su taxi estás esperando por usted
y su grupo.
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El ondea un brazo hacia las deslizantes puertas de cristal.
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—Gracias por tu ayuda —digo—. Nunca otra vez dudaré del poder
de los ciudadanos
mayores.
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Me dio una sonrisa desdentada, y meto un fajo de billetes
en su mano. El abre una
palma y lo mira por un largo e incómodo rato, alza la vista
hacia mí, sus ojos acuosos.
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—Consíguete una bolsa refinada de pasas —lo palmeo en el
hombro y parto hacia las
puertas.
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Por los siguientes veinte minutos, Gaston y Candela hablaron
sobre anoche como si
hubiera pasado hace tres años en vez de hace tres horas.
De las cosas de las que
estaban diciendo, estoy bastante seguro de que todavía están
borrachos. Los dos
tratan de involucrar a Lali en su conversación, pero ella
no dice mucho. Cuando se
dan cuenta de que está molesta, sus amigos se callan.
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Entonces me miran fijamente con sospecha.
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Cuando nos detenemos afuera del aeropuerto, le pago al conductor,
y los cuatro
caminamos hacia el mostrador de registro. Las asistentes
pegan una sonrisa falsa
cuando es mi turno.
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—¿A dónde se dirigen hoy? —pregunta.
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—Birmingham, Alabama —señalo con mi pulgar sobre mi hombro—.
Estoy
registrando a estos chicos.
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Me muevo por Gaston, Candela y Lali para que me dieran
sus tarjetas de
identificación. Se las entrego a la azafata, quien clickea
en el teclado, arreglándoselas
para mostrar hasta el último diente en su boca.
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Lali roza mi brazo, y echo una mirada. Empujo su cabello
lacio detrás de su oreja,
luego regreso mi mano. Esta compulsión por tocarla se está
saliendo de control. Soy
como un niño de tres años quien no puede mantener sus manos
quietas.
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—¿Qué hay de ti? —dice en un susurro de cerca—. ¿No vienes?
—Sus ojos desbordan
preocupación, envuelve un brazo a través de su estómago y
lo sostiene en su codo.
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—Lali —empiezo.
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—Está bien —dice, cortándome. Es como que ya está imaginando
lo peor—. No tienes
que ir de regreso con nosotros.
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Detrás de ella, Gaston agarra su cinturón y tira de ella hacia
atrás. Es terriblemente
coordinado, y pienso que me gusta el chico, ahora mismo me
gustaría quebrar su
cadera y romper su pierna. Lo miro con furia, pero el mantiene
su mano descansando
en ella. Cuando hablo otra vez, mis palabras salen en un
gruñido. Mis ojos se quedan
en Gaston, aunque claramente estoy hablando con Lali.
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—Tengo que hacerme cargo de algunas cosas. Pero confía en
mí, regresaré.
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—Lo que sea —dice Lali—. No importa.
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Mi mirada pasa de Gaston a Lali y, dame una bofetada maldito
estúpido, mi corazón
duele.
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En realidad duele con lo que ella acaba de decir.
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Me trago mi orgullo y trato de pensar racionalmente. No hay
duda sobre eso, ella está
molesta con algo que hice. Si es por empujarla a un contrato,
por convencerla de que
necesita más belleza o por rechazar su oferta anoche, no
estoy seguro. Pero el hecho
de que hay una lista para elegir es preocupante. Tan terrible
como esto es, de alguna
forma estoy emocionado de que ella esté molesta. Demuestra
que le importa, ¿cierto?
Pero también significa que se está alejando, lo cual es mejor
para ella de lo que alguna
vez se dará cuenta. Para mí, sin embargo, duele horrible.
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Candela le quita la bolsa a Lali como una muestra de
cariño, y en respuesta,
Lali envuelve su brazo alrededor de la cintura de su amiga.
Gaston nunca la deja ir,
tampoco, y juntos los tres me observan.
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Sus amigos no saben que hice mal. Sólo saben que Lali está furiosa, entonces ellos
lo están por asociación.
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Por segunda vez esta mañana, mi corazón palpita.
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Mataría por tener amigos como esos.
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—Miren —digo, entregándoles sus pases de abordar—. Ustedes
chicos están en la
puerta veinte. —Pretendo hablarle al grupo, pero ahora estoy
mirando directamente a
Lali—. Estaré justo detrás de ustedes. Estaré de regreso
antes de que lo sepan.
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Le echo un vistazo a Candela y Gaston, y después de vuelta
a ella. Mi estómago se
aprieta, y digo.
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—Lo prometo.
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Lali resopla un pesado suspiro y se encoge de hombros.
Como que ni siquiera
importo. Como entre yo y un caballo muerto, ella iría por
una goma de mascar.
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Gaston la dirige hacia la puerta de seguridad, y Lali no
echa un vistazo para atrás,
aunque yo me quedo y la observo tanto tiempo que la gente
detrás de mí se comienza
a quejar. Pero Candela, loco de amor por ti, chica se da
la vuelta. Ella me lanza un
pequeño saludo y yo me siento un poco mal por como luce.
Sonrío tanto, que creo que
mi cara podría romperse. Al lado de mí, escucho a la azafata
golpeteando la mesa. Me
volteo hacia ella.
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Ella resopla por unos diez segundos completos y rueda sus
ojos muchas veces. Asumo
que está teniendo un ataque.
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Contemplo llamar por ayuda, entonces decido dejarlo avanzar.
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—Señor, porr-favoor. Por tercera vez, hay personas esperando
detrás de usted —se
detiene y me mira con furia, esperando mi reacción.
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Le doy ninguna.
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Ella se inclina hacia mí.
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—¿Necesitó registrarse?
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Asiento y le entrego mi tarjeta de identificación.
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Ella la arrebata, y entrecierra sus ojos, y tipea mi información
en la computadora.
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Entonces levanta la vista—. ¿Chicago?
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Al segundo de que lo dice en voz alta, un frío baja rápidamente
por mi espina. ¿Qué
estoy haciendo? ¿Qué demonios estoy haciendo?
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Otra vez, asiento.
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Estoy sordo. Estoy Mudo. Perdiendo la cabeza.
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La azafata termina de registrarme y me entrega mi identificación
y mi pase de
abordar.
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—Puerta siete —dice.
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Empujo mi pase en mi bolsillo trasero, me muerdo el labio
inferior, y parto hacia la
puerta siete, donde abordaré mi avión.
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Volaré a través de la nación.
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Aterrizaré en Chicago.
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Tomaré un taxi a Rosemarie Street No.344.
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Y por primera vez en dos años, finalmente enfrentaré a mi madre.


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