—Aquí estamos.
—El taxista se voltea y me mira expectante, como si de alguna
manera sabe que soy el imbécil que paga. Me arranca el dinero
de la mano y se voltea
hacia la concurrida calle.
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Lali y Candela ya han salido del taxi, y Gaston está tratando de salir por el
lado opuesto. Está peligrosamente cerca de ser atropellado.
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Brevemente me pregunto si me importa.
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Supongo que apestaría. Un poco.
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El club, Santo
Infierno, son cinco pisos de exquisitez. Hay una cola envuelta
alrededor del edificio, pero no hay forma de que me ponga
a esperar en esa cosa. De
hecho, dudo que siquiera se mueva. Ahí es justo donde pegan
a las personas que no
quieren en el interior. Las Vegas tiene los que han sido
famosos y los que nunca lo han
sido.
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Cuando finalmente Gaston merodea a nuestro lado, le pregunto:
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—¿Sabes cómo deslizarle dinero a alguien?
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Me mira, tratando de comprender lo que le estoy preguntando.
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—Aquí, observa.
—Saco un billete de cien de mi cartera y lo doblo hasta que es
apenas visible. Entonces meto una esquina entre mis dedos
medio y anular, doblando
el resto en mi palma—. ¿Qué hay, hombre? —le digo a Gaston y le tiendo la mano.
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Él mira hacia abajo a mi mano, y la estrecha con la suya.
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Extiendo mis dedos
medio y anular ligeramente, y el billete cae en su palma.
Cuando él retira su mano, ve que tiene el billete.
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—¿Lo tienes? —pregunto.
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Él asiente.
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—Está bien, tu
turno. Ahora inténtalo conmigo. No dejes caer el billete. Si lo
haces, estamos malditamente jodidos. —Él asiente de nuevo,
pero en caso de que no
entienda por qué le estoy mostrando esto, digo—: Tienes que
aprender a hacer esto.
No quiero problemas cuando la gente cuestione el aspecto
de tu trasero pre púber.
¿De acuerdo?
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Sus fosas nasales
se ensanchan, y se mete el billete entre sus dedos, tendiendo su
mano hacia mí.
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—¿Qué hay de nuevo, amigo? —dice entre dientes.
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Estrecho su mano.
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Su técnica es perfecta.
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—Fue terrible —digo—. Pero tendrá que funcionar.
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Saco otro billete
y envuelvo mi brazo alrededor de Lali. Mirando hacia atrás,
me doy cuenta de Gaston está haciendo lo mismo con Candela,
pero sus ojos nunca
dejan el brazo que tengo en la cintura de Lali. Yo sonrío
para mis adentros, y luego
dirijo el camino hacia el portero y le estrecho la mano.
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El portero hace
una elevación rápida de la barbilla y tira de la cuerda de
terciopelo rojo. La gente en la cola grita blasfemias. Gaston hace el pase, y el portero
cierra la cuerda detrás de nosotros cuatro.
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—Lo hiciste bien, Gaston—digo.
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—Como si me importara una mierda lo que pienses —responde.
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Lanzo la cabeza hacia atrás y me echo a reír.
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—Chico, pasa más
tiempo conmigo, y estarás buscando pelea con los cinturones
negros.
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Él mete las manos
en sus bolsillos, pero su hoyuelo lucha por hacer acto de
presencia. Ah, nuestra conmovedora relación de amor-odio
ataca de nuevo.
Desgarrador.
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Dentro del club,
nos detenemos en una pequeña cabina, y le pago al chico
sellando manos. Gaston saca su billetera, pero lo rechazo con
un gesto de la mano y lanzo
un poco de respeto en su dirección por ofrecerse.
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La sala de espera
en la que estamos es muy pequeña, tal vez tres metros por tres
metros. A la derecha está el chico al que le acabo de pagar,
y a la izquierda un
ascensor. En un golpe de suerte, somos los únicos esperando
afuera del mismo.
Lali me lanza una mirada nerviosa, y le doy un saludo
de soldado.
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Después de unos
segundos de espera, la campana del ascensor suena. Los cuatro
nos amontonamos en el interior, y Lali me mira.
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—¿Qué piso?
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Me encojo de hombros. Quiero que ella elija. Tengo curiosidad.
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Ella se inclina
hacia los botones. Hay cuatro pisos por encima de nosotros y un
sótano, seis pisos en total. Cerca de los botones hay un
letrero dorado con una oscura
escritura en forma de bloques que dice: ELIJA SU VENENO.
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Candela le da un codazo.
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—Elige un piso, chica. Estoy lista para comenzar mi baile.
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Lali juguetea
con sus dedos frente a los botones, a continuación, pulsa el
cinco.
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Gimo.
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—¿Qué? —pregunta—. ¿Elegí mal?
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—No. Elegiste
exactamente como esperaba que lo hicieras. —Y voy a llegar a
pasar una hora en algún lugar al que no pertenezco. La ironía,
es una puta.
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El elevador acelera
hacia arriba, y cuando las puertas se deslizan abiertas,
Lali jadea.
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Salimos al piso
superior de Santo Infierno. Brillante algodón blanco cae del techo
como nubes esponjosas, y pequeños cristales cuelgan por debajo
de ellas. El azulejo
blanco es prístino y está recubierto de plumas, y las paredes
están pintadas con un
suave tono de azul. Frente a nosotros, una larga barra titila
con luces diminutas, y cada
silla, sofá y taburete está envuelto en brillante cuero blanco.
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El efecto es el cielo en la tierra.
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Golpéenme.
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Las chicas chillan
y corren hacia el centro de la sala, donde las personas están
bailando canciones viejas y bebiendo espumosas bebidas blancas.
El único atributo a
favor de la sala es la esporádica área de plataformas donde
chicas vestidas con
diminutos trajes de ángel bailan seductoramente.
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Golpeo con el puño el hombro de Gaston.
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—¿Quieres un trago?
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Él asiente sin vacilar.
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Jodidamente rápido.
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En vez de dirigirme
a la barra principal, llevo a Gaston hacia un enorme bloque de
hielo. Sobre éste, una chica ángel está esperando. Le entrego
dinero, y ella mezcla dos
bebidas blancas y las derrama a través de la parte superior
del bloque de hielo. El
líquido corre a través de pequeños bosquecillos como un arroyo
de montaña, y luego
se derrama en dos copas heladas.
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Los ojos de Gaston se abren.
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—Malo.
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—Ya lo creo.
—Le entrego su bebida, y nos vamos a encontrar a las chicas, que
nos damos cuenta de que ya están bailando como idiotas borrachas.
Muelen sus
caderas entre ellas, y me pregunto por qué el más mínimo
rastro de licor convierte a
las chicas en lesbianas.
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—¿Te diviertes?
—le grito a Lali por encima de la música. Ella está haciendo
un trabajo de baile bastante decente a pesar de su cojera.
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—Oh. —Ella toma el vaso de mí—. Esto se ve muy rico.
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En realidad no
la tengo intención de que la bebida sea de ella, pero creo que hace
más bien para su garganta que la mía. Aun así, mejor mantengo
un ojo en ella.
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Recuerdo lo chiflada llegó después de dos cervezas en la
fiesta de Maria. Si se
emborracha, va a terminar desmayándose en lugar de disfrutar
de los deliciosos
pecados de la noche. No es bueno.
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Gaston se acerca
para bailar con Lali, pero me interpongo entre ellos antes de
que él pueda. Envuelvo mis brazos alrededor de su cintura
y levanto los suyos a mi
cuello. Ella empuja su cabeza en mi pecho, evitando mi mirada.
Esto hace que una
pequeña sonrisa levante mi boca.
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Me pregunto si
ella alguna vez ha sido besada antes. No me refiero a medio
besada, como la mierda que mencionó en la fiesta de Maria.
Me refiero a realmente
besada.
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De ninguna jodida manera.
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Lo que significa
que si le doy un beso, sería algo así como su primera vez. Oh,
hombre. Lo que significa que tiene un montón de otras primeras veces por
experimentar. Pensando en Lali teniendo relaciones sexuales,
me río, pero cuando
ella me mira, me detengo. Una cálida sensación se extiende
entre mis omóplatos
cuando realmente pienso en ella en la cama con un tipo. La
verdad es que no es
divertido. Para nada.
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—¿Qué pasa? —pregunta ella.
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Recuesto su cabeza en mi pecho.
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—Nada —digo—. Bailemos.
|
Detrás de mí, Gaston me lanza miradas mortales mientras él
baila con Candela.
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Lo sé,
amigo. Un segundo crees que no soy del todo malo, al siguiente me quieres
castrar. Touché.
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Bailamos durante
media hora antes de que ya no soporto la alegre, animosa
música por más tiempo. Tomo la mano de Lali y toco a Candela en el hombro. Se
da vuelta, tomando a Gaston con ella. Los ojos de Gaston caen
en la mano de Lali en la
mía. Hace una mueca.
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—Vamos a ver algunas de las otras habitaciones, —digo.
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—¡Sí! —Candela grita en voz muy alta. Sus ojos son redondos y vidriosos. No
tengo que adivinar por qué. Ella visitó el Bar de Hielo más
veces de lo que quería
contar—. ¿Qué hay en los otros pisos?
|
—Te lo mostraré.
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Lali clava sus tacones. —Aw, no quiero ir. Me encanta
esta habitación.
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Durante los últimos
cinco días, no la he oído pedir por mucho. El hecho de que lo
haga ahora, hace difícil que me niegue a ella. Pero me siento
incómodo aquí, fuera de
lugar. Mi piel pica, y un escalofrío recorre mi espina dorsal
por estar rodeado con
estos ángeles falsos, a pesar de lo ridículos que parecen.
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—Sí, es bastante
genial, —admito—. Pero las otras habitaciones son más
divertidas.
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Sus labios se levantan
en una esquina mientras considera esto. Doy un tirón a su
mano, y cuando sus ojos encuentran los míos, le doy un guiño
bien practicado.
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Ella se derrite.
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—Está bien. —Lali hace un puchero, y tengo que detenerme de mirar
fijamente sus labios—. Vamos.
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Nos amontonamos
en el ascensor, y Candela se estira sobre mí y presiona
todos los botones para cada piso además del que nos encontramos.
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—¿En serio? —La miro, y ella está aplaudiendo. Lali aplaude
con ella.
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—Queremos ver lo que hay en los diferentes pisos —dice Candela.
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—Muy bien, pero
nuestro destino final es el sótano. —Niego con la cabeza, pero
sonrío una vez que volteo mi cara hacia las puertas del ascensor.
Yo también quisiera
vez todo el lugar si fuera mi primera vez, también.
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El ascensor se
abre en el cuarto piso, y Lali y sus dos amigas me empujan a la
parte posterior para que ellas puedan ver. No se bajan, sólo
sacan sus cuellos para
tener una mejor vista. El cuarto piso es como el quinto,
pero no tanto como el cielo. El
piso tres tiene un espectáculo de baile de los setenta con
luces parpadeantes y música
guay. La gente se mueve en una bruma lenta, y los camareros
están vestidos como
fantasmas.
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Lali lanza una mirada en mi dirección.
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—Purgatorio —le digo.
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Su boca se divide
en una sonrisa, pero luego su rostro se contorsiona. El
entendimiento alcanza sus ojos. Ella sabe lo que viene.
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El piso dos es
notablemente más oscuro. Sombras de violeta salpican a través del
cuarto, y la música tiene un anillo ominoso. Candela envuelve
sus brazos alrededor
sí misma.
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—Oh, hombre, —dice ella—. Esto se va a poner más espeluznante,
¿no es así?
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El ascensor tiene
puertas de doble cara, y los que están detrás de mí, abren la
puerta. Estamos en la planta baja, y la gente esperando en
el vestíbulo nos miran como
si fuéramos la razón por la que el ascensor tomó una eternidad
en llegar, lo cual es
cierto.
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—Vamos a bajar —digo.
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Una chica vestida
de la cabeza a los pies de blanco se queja. A medida que las
puertas se vuelven a cerrar, veo que levanta su dedo medio.
Quiero decirle que
reconsidere su destino, que podría sentirse más en casa a
donde nos dirigíamos.
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Cuando el ascensor
se detiene, no puedo dejar de robarle una mirada a Lali.
Está acurrucada cerca de la parte trasera, pero de pie de
puntillas para ver por encima
del hombro de Candela. Casi puedo oler su excitación. Es
mezcla de miedo y coincide
con el mío. Una parte de mí quiere consolarla, decirle que
es sólo un club y nada más.
Pero otra parte, una retorcida parte, profundamente arraigada
hace que mi corazón
lata más fuerte y que mi sangre vaya más rápido, disfruta
su ansiedad. Quiero que esté
aterrada. Quiero que sienta la fiebre emocional del terror.
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Tengo hambre de que ella sepa que esto es lo que soy.
|
Y que me acepte de todos modos.
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Las puertas se
abren, y buscó entre Gaston y Candela para tomar la mano de
Lali.
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—Bienvenida al infierno, cariño.

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